El precio de la levedad. ¿Sale a cuenta pagar impuestos?

“Anti-patriota”, “egoísta”, “niño rata”, “ingrato”. Estos son los términos en los que se ha planteado un debate que nos incumbe a todos y que, a mi parecer, merece ser tratado con algo más de aplomo y seriedad. El Rubius, como sabrán, ha encarnado estas últimas semanas el retrato del ultraliberal desencarnado que no duda en coger su dinero y refugiarse en un país donde quede libre de Hacienda y sus reclamos. No es el primero, ni será el último. Si me preguntan, no creo que un treintañero cuya descripción de su canal en YouTube pase por un “mejor me callo y empiezas a descubrir tu de que va el canal. Por que esto de la descripción ya esta pareciendo mas bien la teletienda donde te intento vender la moto. COMPRA MI MOTO” pueda representar con soltura una posición ideología, filosófica, económica y política tan respetable como debatible. A la hora de valorar su actitud, más que congruencia con cierta concepción del mundo, me decanto por un “coge el dinero y corre”, algo que también tiene su fundamento y heroísmo, hemos de reconocerlo, pero que escasea de interés intelectual, la verdad.

Aún así, la partida del Rubius a Andorra ha puesto sobre la mesa un debate que ha azuzado las reivindicaciones de los partidarios de un Estado fuerte y robusto frente a los que defienden una mínima intervención estatal y entienden que son los ciudadanos particulares los que mejor saben cómo y en qué invertir su dinero. Me gusta cuando la sociedad comienza a hablar y, aunque prefiera que en su mayoría reflexionara antes de ello, me conformo al menos con que tome la palabra y se debata.

Ahora bien, como uno puede comprobar nada más abrir un periódico o encender un televisor, uno de los problemas que plantea el debate público y abierto es que los argumentos más sofisticados e inteligentes se mezclan con un batiburrillo de declaraciones hueras y cursis siendo estas últimas las que, por desgracia, acaban teniendo mayor repercusión. Como diría el cantante italiano: «la vida es así, no la he inventado yo». Tampoco me malinterpreten, si la hubiera inventado yo, no sería muy diferente, pues he de reconocer que esta miscelánea exaltada nos ha dado muchas tardes de gloria. De todos modos, hoy voy a ofrecerles mi opinión admitiendo antes de nada que ni soy economista, ni política (Dios me libre), ni youtuber, ni resido en Andorra. Entiendo que al leer esto muchos de ustedes cierren la pestaña de navegación y se dispongan a hacer algo más productivo, no se lo reprocho, pero, si algún valiente resiste el envite, tiene todos mis respetos y admiración (no es mucho, ya saben, la vida es así y no la he inventado yo).

El peso del ser

La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La carga más pesada es, por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será.
Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes (Kundera, 1986, 13).

Retorno a la infancia

Quisiera comenzar relatando una anécdota que data de mi infancia y que creo que sintetiza cuál es mi posicionamiento en el debate. Volvamos la vista atrás. Mi bondad infantil y contexto cultural, unidos a una férrea educación en valores y un espíritu social exaltado me llevaban, de vez en cuando, a dar limosna cuando iba de camino al colegio. En cuanto alguna de las monedas que guardaba en el bolsillo caía con gracia sobre la mano, vaso o platillo de alguna persona desfavorecida, la respuesta era automática y un torrente de endorfinas comenzaba a circular por mi organismo. Devolvía la sonrisa al destinatario y continuaba mi travesía con una mochila colmada de libros y satisfacción. Me sentía ligera, volátil, leve. 

Esta experiencia no era frecuente, pero se repetía con algo de asiduidad, hasta que un día sentí el peso del ser sobre mí. No negaré que he cargado con algo de dramatismo lo que a continuación verán como una reacción común de una simple adolescente, sin embargo, considero que este pasaje entraña más de una reflexión que puede incluirse perfectamente en el debate que se nos plantea con los jóvenes millonarios andorranos. Lo que ocurrió no fue más que una conversación de apenas dos minutos con un indigente al que había dado una pequeña parte de mi reducida paga semanal. No recuerdo de qué trataba la conversación, lo que sí recuerdo es que el hombre era muy amable y cándido, me limité a sonreír e intercambiar unas palabras de cortesía mientras esos sentimientos de bienestar seguían embargándome. 

Los días se sucedieron y no dejé de encontrármelo. No es que me persiguiera ni nada por el estilo, su amabilidad era infinita y sus gestos benévolos. El problema tampoco es que acabaría arruinándome si tuviese que darle siempre una parte de mis ingresos (eso me preocupaba, pero bastaba con decirle que no llevaba suelto y continuar sin recrearme en el regusto de culpabilidad que me dejaba). Lo que me angustiaba es que siempre me hablaba y, además, parecía que quería que continuase la conversación. He ahí el quid de la cuestión. Yo era una adolescente al uso, siempre iba con prisas, música y un ensimismamiento ególatra y rebelde. No quería conversación más allá del “gracias”, “no hay de qué”. Pero ahí me esperaba su mirada quejumbrosa a la que me partía el alma fingir no haber visto. 

La historia no da más de sí. Con el tiempo no volví a verlo, me lo encontré meses más tarde en otra ciudad de España a la que había viajado con mi familia por vacaciones. Nos reconoció (después de todo, habíamos vivido todos en el mismo barrio), nos felicitó el verano y se quejó del extremo calor. Fin de la historia.

El liberalismo económico, ¿una criatura insensible?

Volviendo a la cuestión impositiva, me declaro partidaria de pagar impuestos y de una redistribución razonable de la riqueza. Supongo que no es preciso decir que no me gusta ningún tipo de expolio ni la anulación de ninguna libertad ciudadana. No tengo más fundamento para defender mi postura que volver a la educación en ciertos valores y mi contexto social y familiar. De entrada, me parecen comprensibles otras posiciones ya sean aquellas que se decantan por una nacionalización de cada vez más servicios y una educación cívica sobre las virtudes de una alta carga impositiva, como aquéllas que no encuentran las ventajas de un Estado que va adquiriendo una dimensión e ineficiencia descomunales. Pero, piense uno lo que piense, una cosa es clara: vivimos en una sociedad que ha asumido como un principio básico la idea de que hay que contribuir a la hucha común y que será desde el Estado (y a través de este) cómo se administren y utilicen los fondos de todos[1]. Se entiende que todo español debe gozar de un mínimo de calidad de vida y que, si no puede proveérsela, las instituciones han de intervenir. Dónde se sitúa ese mínimo, si bien está establecido en el texto constitucional, es adornado e interpretado posteriormente por los diferentes partidos políticos que lo plasman en sus programas electorales. Apreciaciones a un lado, así es cómo se ha decidido organizar la sociedad. No siempre ha sido así y no considero que sea la opción más justa o correcta, aunque en lo personal no me disgusta, reconozco que pocas veces me he parado a cuestionarla críticamente.

Siguiendo con la cuestión, he de admitir que últimamente me he sorprendido disfrutando de análisis sobre la realidad económica y social de personas que defienden el liberalismo financiero y fiscal. Sinceramente, los argumentos de los defensores a ultranza de lo social me los sé al dedillo y muchos de ellos creo que pecan de sensiblería, por lo que he preferido infiltrarme unos días en el bando enemigo para descubrir que sus banderas no son ni más deslucidas ni más solemnes que las otras, sólo de distinto color. 

Los debates eran serios y rigurosos, con mucha lógica y coherencia. El desarrollo era limpio y transparente hasta que se cruzaba en el debate la imagen del menos favorecido por la lotería natural, aquél desprovisto de oportunidades[2]. He aquí el punto más delicado del posicionamiento de algunos liberales[3]. Estemos o no de acuerdo en ello, todos podemos entender que el Estado tiene el monopolio de la violencia y que ésta ha de limitarse al aseguramiento del desarrollo individual sin trabas ni constricciones. Cada uno tiene los medios para escoger el proyecto de vida que más concuerde con sus intereses y debería poder emprenderlo sin tener que dar cuentas a nadie, ni siquiera al Estado en forma de tributaciones. Ahora bien, ¿qué ocurre con aquellos que no tienen tal libertad de elección? ¿A un tetrapléjico o a un miembro de una familia sin recursos, por poner dos ejemplos palmarios, hemos de dejarlos atrás?, ¿no sería esto una injusticia? Y, si creemos que hemos de colaborar para que, al menos, personas en situaciones semejantes puedan incorporarse al juego y competir, ¿cómo vamos a costearlo si no recurrimos a los impuestos?[4] He simplificado mucho la cuestión, pero creo que la idea general queda clara. Bien, pues en casos como estos, en los debates o bien se recurría por vez primera a la intervención estatal por mínima que fuese, o bien surgía la figura del filántropo. 

Cabe tener en cuenta que este Estado mínimo al que se apelaba no acogería en su seno al desafortunado cual padre magnánimo y lo socorrería para cuidar de él, pero sí le suministraría lo necesario para que pudiese integrarse en la sociedad sin demasiadas barreras. Cabría preguntarse si realmente competiría en igualdad de condiciones o no porque no creo que la desigualdad sea completamente suprimible (ni siquiera lo considero deseable), en cualquier caso, me interesa mucho más la idea del filántropo. Esta figura no sería sino la quintaesencia de esa generosidad que los interlocutores liberales reconocen en la naturaleza humana. En efecto, como suena. Ciertas posturas liberales llevadas a las cuerdas en un debate sobre la injusticia social se niegan a aceptar que, como parecen entender los socialistas, el ser humano sea por naturaleza un ser vil. Muy al contrario, en la base de sus argumentaciones se atisba que hay cierta simpatía intrínseca en el hombre que, desde su libertad, lo lleva a ayudar al prójimo cuando éste no puede valerse por sí mismo. Una postura del todo curiosa, al menos, eso me pareció.

Irse a la cama con la conciencia tranquila

Ahora es cuando la cuestión tributaria y mi inocencia infantil se unen. Como habrán podido comprobar, si no se lo digo yo, no soy buena persona. Para ser más precisos, no creo que haya nada parecido a “buenas” o “malas” personas. Hacemos lo que buenamente podemos con lo que tenemos y da gracias. Sin embargo, pese a mi extinguida bondad, a veces me da por cumplir con lo que convenimos en llamar “valores morales”, ayudar a los demás y sentir lástima por quien sufre. No diré que eso me lleva a asumir comportamientos ejemplares diariamente, sería insoportable. En el fondo, sigo siendo esa pequeña adolescente que anda absorta en sus pensamientos y prefiere el adictivo aroma de la libertad. Ahora bien, ni soy inhumana ni he nacido en otra época o lugar, desearía que todo el mundo gozase de la misma libertad que he podido disfrutar yo y que nadie pasase penurias para llegar a final de mes. Eso me lleva de vez en cuando a volcarme en algún acto solidario y generoso, pero, seamos sinceros, ni soy tan buena como debería, ni quiero serlo, disculpen mi incorrección. 

Aquí es donde veo que es un error fiarlo todo a la filantropía y la simpatía humanas y que la contribución a lo público es ineludible y oportuna. La razón es muy simple: no quiero vivir con culpa, pero tampoco cargar con todas las injusticias del mundo sobre mis hombros. No quiero ir a la cama sabiendo que bajo mi casa hay alguien tan digno o indigno como yo que duerme entre cartones. No quiero sentirme mal constantemente por no ser el ciudadano ejemplar al que todos aspiran. Ni siquiera lo hago por el bien de la humanidad. Mi egoísmo rezuma, ¿lo ven? 

Lo que quiero es pagar impuestos y que la injusticia del mundo no dependa de mi generosidad porque ésta hace su aparición de vez en cuando y no siempre. Me gustaría que el Estado se encargase de que este mundo sea un poquito menos odioso sin que yo tenga que involucrarme y dar conversación a desconocidos. Pagar impuestos es, en gran medida, limpiar mi conciencia y ahorrarme soporíferos. Una manera de aligerar mi conciencia y seguir con mis quehaceres diarios. No digo con ello que me vaya a desentender de la cuestión y que, una vez puesta la pasta, échate a dormir. Lo que pretendo decir es que, una vez puesta la pasta, ya puedo ser libre para decidir cuándo ayudar, a quién y porqué. Si hemos de depender de que nos despertemos caritativos día sí y día también, me parece que estas personas no dejarán de sufrir. Y, bien pensado, este alivio del ser no nos sale tan caro. 

El debate propiciado por los recién afincados en Andorra ha removido las conciencias de todos y, como he comentado, los socialistas han acudido arduamente a los sentimientos y a la singularidad para tacharlos de avaros. Han traído toda una retahíla de ejemplos de vidas realmente sufridas e injustas, intolerables de todo punto, que hacen enervarse a cualquiera. Yo, sin embargo, creo que se debe gobernar desde lo general, sin despreciar la singularidad. No considero que el Gobierno deba legislar con el corazón en un puño, pero tampoco gobernar sin él. En cualquier caso, las posturas defendidas por los asistentes al debate me han parecido en su mayoría fingidas o, cuanto menos, exageradas[5]. Creo que muchos de los que emplean esta táctica argumentativa lo hacen desde la sinceridad y el convencimiento, pero como en este escrito busco sincerarme, lo diré llanamente: yo no sé qué haría si estuviera en una posición remotamente parecida a la que se encuentra el Rubius. De verdad, no lo sé. Sé lo que pienso ahora: por mis convicciones y posición, me parece reprobable marchase para no contribuir a la hucha común, más aún en los tiempos que corren. Pero no me atrevo a ser juez en este asunto. Simplemente, no me corresponde. Ahora bien, sí tengo un mensaje para los izquierdistas enardecidos que revuelven las redes sociales: todos somos muy bondadosos, desprendidos y caritativos, pero no serán pocos de ustedes los que sonríen cuando la declaración de Hacienda les da a devolver, ¿verdad? 

Dicho esto, que la belleza de la obra de Kundera (1986) cierre la sesión:

Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿El peso o la levedad?
Este fue el interrogante que se planteó Parménides en el siglo sexto antes de Cristo (…). Uno de los polos de la contradicción era, según él, positivo (la luz, el calor, lo fino, el ser), el otro negativo. Semejante división entre polos positivos y negativos puede parecernos puerilmente simple. Con una excepción: ¿qué es lo positivo, el peso o la levedad?

Parménides respondió: la levedad es positiva, el peso es negativo.
¿Tenía razón o no? Es una incógnita. Sólo una cosa es segura: la contradicción entre peso y levedad es la más misteriosa y equívoca de todas las contradicciones (13).


Trabajos citados

Kundera, M. (1986). La insoportable levedad del ser (9 ed.). Barcelona: Tusquets.


[1] Ha quedado muy claro que nadie volverá a cometer la imprudencia de decir en voz alta que el dinero público no es de nadie, so pena de una avalancha de comentarios iracundos que lo acompañarán allá donde vaya.

[2] He de aclarar que a estos expertos del emprendimiento y del esfuerzo individual les cuesta mucho reconocer una desigualdad de oportunidades que efectivamente suponga una barrera para que el individuo pueda desarrollarse y proveerse de una vida digna en sociedad. No obstante, creo que es palmario que tu origen social, económico y cultural condicionan mucho tu posterior desarrollo y que, quienes logran salir de situaciones claramente desfavorables, son los menos (ya no digamos quien tiene la mala fortuna de padecer una enfermedad). Que esas desigualdades sean evitables, lo dudo; que pueda hacerse cierto reajuste, estoy segura.

[3] Escribo “algunos” porque basta echar un vistazo al pensamiento clásico liberal para advertir que el liberalismo no es tan apático como se piensa, de hecho, como veremos, puede incluso pecar de lo contrario.

[4] Otro tema es si estos recursos deben destinarse a la gestión pública o privada. Creo que es un asunto complejo que no debemos plantear en esta publicación. Ahora bien, seamos partidarios de una u otra cosa, es evidente que hay servicios esenciales que no deberían competir en el mercado o bien que no son rentables debida a su escasa demanda, ¿y qué empresa privada va a asumir un negocio deficitario? 

[5] No voy a hablar de los que se rodean de manuales marxistas y esgrimen comentarios desmesurados habiendo hecho lo imposible por tributar lo mínimo en el pasado. Lo crean o no, haberlos, ailos.

No dejemos que piensen por nosotros. Sapere aude!

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