IDA (insustancial, decidida y alegre). ¿Es Ayuso la emperatriz de Lavapiés?

¿Cuál es su secreto? ¿Por qué Isabel Díaz Ayuso levanta pasiones? ¿Cuál es la razón por la que lidera todas las encuestas y tiene una amplia comitiva que apoyan sin fisuras cualquier declaración de la presidenta? Estas preguntas he venido escuchándolas desde los inicios de la pandemia e incluso he llegado a planteármelas en alguna que otra ocasión. Hemos escuchado sus comentarios sobre los atascos en Madrid, la posibilidad de trasladar la manifestación del Orgullo Gay a la Casa de Campo o que haya personas que, efectivamente, busquen y ambicionen empleos basura. Estas y otras perlas podrían hacernos dudar sobre su idoneidad para el cargo, sin embargo, creo que es un error tratar de responder la cuestión deteniéndonos punto por punto en la personalidad de Ayuso y en su hemeroteca. En mi opinión, Ayuso ha conseguido alzarse como líder del PP en la Comunidad de Madrid y, para qué engañarnos, en el resto de España, a golpe de no ser, sino de representar. Y, he aquí la cuestión sustancial que a mi entender encauza mejor la cuestión: ¿qué representa o qué no representa Ayuso?

I, insustancial.

Al escuchar a los diferentes candidatos de izquierdas que se presentan a los comicios del 4 de mayo, podemos recoger un sinfín de críticas a la gestión del Gobierno de la Comunidad durante los últimos dos años. Encontramos a un Iglesias recién aterrizado que es beligerante como el que más junto a un Gabilondo que desde la moderación afea a Ayuso haber antepuesto sus intereses electorales a los de la ciudadanía (como si en esto fuese una excepción entre la clase política). Sin embargo, de entre todas las voces que se alzan, la que sin duda tiene más mérito es la de Mónica García, la candidata por MásMadrid. Hablo de mérito por una cuestión muy sencilla, prácticamente ha sido ella y su formación la que han llevado sobre sus hombros la oposición al gobierno del PP y Ciudadanos en la Comunidad. Lo dejó muy claro cuando Iglesias lanzó la indecente proposición de hacer primarias para que los inscritos escogiesen entre uno u otro para encabezar una hipotética lista conjunta. Ella había estado trabajando en la Asamblea de Madrid, él se fue a La Moncloa. No había más que hablar.

Detengámonos un instante en el personaje de Mónica García pues no todo el mundo conoce su trayectoria. Consultando su curriculum, tenemos ante nosotros una anestesista que lideró la Marea Blanca en Madrid y abanderó la defensa por la sanidad pública. Con una buena formación (lo que hoy en día es de agradecer) y una clara conciencia social. Detrás de Mónica García, encontramos una descorazonadora preocupación por el bien común y los servicios públicos. Sus proclamas irán dirigidas a los más desfavorecidos, a los barrios obreros y clases medias que son maltratados por un capitalismo salvaje que hace de ellos lo que quiere. Toda su armazón ideológica está cargada de contenido, de historia y sustancia. Cierto que ya no estamos ante una Izquierda Unida o un Unidas Podemos, que encadenan su destino al restablecimiento de la II República, con todo y con ello, en MásMadrid aún persiste el halo de la lucha del proletariado que ansía su redención. 

En el otro extremo, tenemos al personaje de Ayuso. La damisela madrileña acude al baile sin tantos atavíos, más ligera y etérea. Desvinculada del PP de Génova, no reivindica una obra, no exige un compromiso sesudo de sus votantes, su papel no entronca con ningún tipo de relato histórico, más allá de algunos matices folclóricos que Miguel Ángel Rodríguez, asesor personal de la presidenta, se ha ocupado de incluir meticulosamente en el guion. En este sentido, sí apelará a la patria y será beligerante con Cataluña, incluirá la bandera española y símbolos católicos en sus apariciones en público. Pero no ostentará el conservadurismo de VOX, ni la sustancia moral de MásMadrid. Lo hará todo con un toque de gracia, casi sin querer. Sus votantes no buscan más pesadumbres que sumar a las que ya tienen, quieren un alivio de sus cargas. Aspiran a una bajada de impuestos sin pensar demasiado si saldrán beneficiados o no en el medio y largo plazo con el recorte en servicios públicos que ello supondría. De hecho, en su mayoría se contentan con saber que el impuesto de sucesiones en Madrid es ridículo en comparación a otras regiones y ni si quiera han comprobado si el programa del PP es realmente liberal en lo económico. Si lo mirasen, les digo yo que se sorprenderían. 

Ayuso es ligera, se pliega a los deseos más inmediatos de los madrileños mientras que Mónica es un reguero de obligaciones y dobleces. La sustancia es una carga demasiado honda y lo insustancial basta para sobrevivir otro invierno más. 

D, decidida.

Serio, formal y aburrido, muy aburrido. Hemos de reconocer, incluso quienes profesemos un gran respeto por aquellos amantes del amor a la sabiduría, que Gabilondo no es el candidato más carismático ni ardiente. Tanto es así que Iván Redondo ha hecho de la necesidad virtud y ha diseñado la campaña del candidato en torno a esa figura calmada y pacífica del catedrático de metafísica. Todo aquel que disfrute de la lectura y el pensamiento sabrá que ciertas reflexiones merecen tiempos dilatados, donde las palabras se vayan sucediendo a un ritmo pausado, casi imperceptible. La filosofía necesita reposar para que germine y un pensador sabe que el tiempo es muy relativo en lo que a cuestiones trascendentales respecta. Hemos de admitirlo, Gabilondo parece haber hecho de su trayectoria un elogio a la lentitud, pero la política (más aún la política 2.0.) es vertiginosa. No hay tiempo para esperar a que el café esté atemperado o el té en su punto perfecto. Las decisiones tácticas tenían que haber sido tomadas ayer, las crisis de reputación pueden sorprendernos a mitad noche en el otro lado del mundo. La República platónica no fue diseñada al compás que marcan las redes sociales y los titulares de la prensa digital.

Aunque la prudencia ha sido considerada como la virtud política por excelencia, creo que no debería estar reñida con la decisión. Ayuso fue ágil disolviendo la Asamblea madrileña y anunciando unas elecciones anticipadas. Pudo tenerlo pensado desde hace tiempo, cierto, pero no tardó en hacer un balance de lo sucedido en Murcia, valorar el mal estado de su Gobierno en Madrid y calcular los costes y beneficios que suponía dicho adelanto. ¿Vemos a Gabilondo con esa misma determinación cuando, como hemos mencionado antes, ni tan siquiera ha podido liderar la oposición en la Comunidad de Madrid? Me temo que no. De hecho, el equipo de Gabilondo se ha pasado media legislatura amenazando con una moción que nunca era presentada y titubeando sobre su posición ante Ciudadanos o MásMadrid.

Por decirlo brevemente, parte de la ciudadanía ve en Gabilondo al viejo profesor entrañable que uno escucha haciendo un gran esfuerzo intelectual, la parte restante ve en él a una marioneta peligrosa en manos de Pedro Sánchez. Y mientras discuten si son galgos o podencos, el propio Gabilondo ni si quiera es capaz de dar una respuesta enérgica al respecto. Como Descartes, él también duda.

A, alegre.

Hace un tiempo nadie hubiese gastado un segundo en escribir o reflexionar sobre una formación tan exigua como era VOX. No obstante, de un tiempo a esta parte, hemos visto como poco a poco la formación iba tomando forma, atrayendo nuevos simpatizantes, creciendo en afiliados y apoyos, sacando votos y abanderando propuestas que nadie se atrevía a plantear. Esta escisión del PP le supone un gran quebradero de cabeza a Pablo Casado y su cúpula, pero no a Ayuso. Aunque pueda extrañarnos, precisamente en Madrid, VOX no ha sabido exhibir las vergüenzas del Partido Popular y ha tenido que ir a la zaga de Ayuso. La presidenta ha replicado en la Comunidad lo que Aznar consiguió a nivel nacional: incorporar en una sola formación al electorado más liberal y al más conservador. 

Para empezar, a diferencia de Casado, Ayuso ha preferido no confrontar con la formación verde. Se ha mantenido en un segundo plano respecto a sus posicionamientos y se ha dirigido directamente al PSOE y a UP. La candidata de VOX, por su parte, parece haber tomado una decisión similar en vista del fenómeno de Ayuso. Ninguna de las candidatas es modesta, ambas son muy ambiciosas, pero han entendido cuál es el papel que cada una ha de desempeñar. Supongo que VOX aceptará un resultado modesto en Madrid, quizá apoye un gobierno de Ayuso desde fuera, no cometiendo los errores de Unidas Podemos en el gobierno nacional. Si la formación de Abascal pretende pescar en el caladero del PP, lo tendrá que hacer a costa de Casado, no de Ayuso. 

Ahora bien, ¿por qué una espléndida arquitecta, madre de familia numerosa y católica, como es Rocío Monasterio, no ha conseguido aglutinar en torno a sí las sonrisas de los madrileños? Ciertamente, Génova tiene en Madrid un arraigo indiscutible y muchos votantes clásicos del partido han sido agraciados con los favores de un PP que lleva más de veinte años gobernando la Comunidad. Sin embargo, dejando a un lado los votantes de rigor, creo que a Monasterio le falta sinceridad en su sonrisa y distensión en el ceño. Demasiada rectitud, demasiada frialdad, demasiada formalidad. No es lo que el votante madrileño busca. Madrid es lugar de chulapos y chulapas, de verbenas de San Isidro, una ciudad para echarse un chotis. Ayuso ha sabido representar eso mucho mejor que Monasterio, ha logrado cambiar la seriedad por las mangas de farol y el clavel en la cabeza. 

¿V?IDA.

Con todo y lo anterior, tengo la sensación de que ninguno de los personajes que asisten a esta teatralización electoral (disculpen, quise decir campaña), ocupa un mínimo de espacio en la agenda de Miguel Ángel Rodríguez como lo hace el presidente de la nación, Pedro Sánchez. Y he aquí la clave que puede responder a esa tan repetida pregunta de qué es lo que tiene Isabel Díaz Ayuso para ser el centro de atención de España entera. Con su insustancialidad, decisión y alegría ha conseguido alzarse como la leal oposición al gobierno. Esto no lo ha logrado Casado que está más ocupado buscando su liderazgo perdido que ejerciéndolo como Dios manda, ni Abascal por más que su formación tome la delantera en impugnar al gobierno de Sánchez con amparos al constitucional y declamaciones subidas de tono.

Ayuso ha conseguido representar lo opuesto a lo que representa Pedro Sánchez. Desde que la pandemia devoró este país expandiéndose sin piedad, las palabras que han ido configurando el nuevo imaginario político han pasado por restricciones, limitaciones, obligaciones, confinamientos y cierres. Eso ha tenido consecuencias palpables en el bolsillo y la salud mental de las personas. Estamos hastiados y muchos arruinados. Las persianas de centenares de bares y pequeños comercios bajan mientras las gráficas de endeudamiento y paro no dejan de crecer. No creo que sea éste el espacio para discutir qué medidas son más apropiadas en cada momento o quién ha gestionado mejor la situación. Una cosa es cierta, frente al cierre de Sánchez, Ayuso ha ofrecido apertura. Sinceramente, tengo la sensación de que bajo el simplón eslogan “socialismo o libertad” ahora “comunismo o libertad”, los madrileños leen “Estado de Alarma o libertad”. Harina de otro costal sería explayarse en cuál es el sentido de esa libertad, si las medidas en Madrid han conllevado un incremento significativo en el número de muertes y contagios o si el programa de Ayuso es o no liberal. No estamos para revisar programas, sino para canalizar emociones y en eso Ayuso ha sabido ganarles la partida a sus contrincantes. El duelo de titanes no es Gabilondo contra Ayuso, ni si quiera Ayuso contra Sánchez, creo que esto va más bien de Iván Redondo contra Miguel Ángel Rodríguez. Y parece que, en este envite, el segundo tiene las de ganar. Las urnas zanjarán la cuestión. En cualquier caso, de aquí al 4 de mayo, Madrid sigue buscando su emperatriz de Lavapiés.

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