Mensaje urgente a Irene Montero. Seguimos esperando su respuesta. 

El efecto Barbra Streisand

Las casualidades y causalidades adornan nuestras vidas, dándoles júbilo y destello. Seamos sinceros, pese a que no suelen agradarnos los sobresaltos, si todo aconteciese de manera lineal y prefigurada, la vida dejaría de tener el encanto de locuras desencadenadas. De ello bien saben los medios y los agentes de información, tras semanas cargadas de noticias huecas, de pronto se cuela una última hora que hace arder las editoriales. Un ejemplo estremecedor de esta mezcolanza de casualidades y paradojas lo tenemos en el efecto Barbra Streisand. La actriz estadounidense fracasó en su intento de que el fotógrafo Kenneth Adelman retirara una fotografía aérea en la que aparecía su casa. Lo reseñable del asunto no es que perdiera en los juzgados, sino que propició que lo intrascendental ocupase las portadas de los periódicos y que una fotografía que nadie hubiera visto fuese la imagen del momento. 

No obstante, si de paradojas va la cosa, creo que es mucho más sugerente el caso contrario, un asunto que tiene su relevancia y pasa a ser irrelevante por su machacona exposición mediática. Este efecto lo refleja la ministra de Igualdad, Irene Montero, que hace unos pocos días dio una lección de simpleza por todo lo alto, concretamente, desde una azotea. No es la primera vez que asistimos a una obscena torsión del lenguaje, pero su insistencia clama al cielo. Esta vez, en un mitin de campaña en el que nos deleitó con un repetido: “Hijo, hija, hije. Niño, niña, niñe”. Se veía venir, hoy para ser “progresista” uno ha de hablar de miembras y portavozas sin reírse o sonrojarse. Y estamos de suerte, contamos con el gobierno más “progresista” de la historia, aunque les diré que pensaba que el progresismo iba de otra cosa, en lo que a mí respecta, esto no es progreso, esto es espectáculo.

Las consecuencias de la hipervisibilidad

Cuando Unidas Podemos nació, como toda formación populista que se precie, comenzó a recoger toda suerte de demandas ciudadanas. Solicitudes legítimas, justificadas y urgentes, de todo signo y color. De un lado, los reclamos feministas, de otro la transición ecológica (ambos reunidos en el eco-feminismo), los afectados por la hipoteca, el precariado, por no mencionar los colectivos LGTBI o los inmigrantes. Todos ellos tenían acogida en el seno de la formación morada, todos ellos encontraban un hombro en el que llorar, alguien que por fin los escuchaba y parecía tomarles en serio. Habían permanecido demasiado tiempo en la sombra, callados y asfixiados por una cruenta realidad. Pero allí tenían, al fin, una formación política que podría dar salida a su eterno padecimiento enmudecido. 

Los clamores hacia la casta resonaban en cada mitin de Pablo Iglesias mientras que Irene Montero recriminaba airadamente al PP en el Parlamento por años de impunidad y corrupción. Voces, gritos, reclamos. Había potencia, pasión y probablemente el convencimiento de contribuir a una causa justa. Unidas Podemos fue creciendo. Y, por fin, llegaron al Gobierno. Contra todo pronóstico, consiguieron ocupar vicepresidencias y ministerios, sin embargo, como el dinosaurio, las injusticias siguen ahí. Eso sí, Iglesias y Montero siguen convocando a esos colectivos que acudieron a la cita buscando una mejoría. Nos llaman por nuestro nombre, nos siguen llamando y exhiben nuestras cicatrices, pero ¿para qué?

Acudo a su llamada, señora ministra

Yo, como mujer, formo parte de uno de esos colectivos citados. Siguiendo el discurso de Montero, soy víctima del heteropatriarcado. Aquí estoy, señora ministra. No he sufrido ningún tipo de discriminación reseñable, pero sé que por ser mujer tengo menos probabilidades de ser contratada y, en caso de que lo hagan, sé que es posible que mi promoción laboral se vea truncada si decidiese tener hijos y formar una familia. Aquí estoy, señora ministra. No tengo miedo a salir a la calle, pero soy muy consciente que son las mujeres las principales víctimas de agresiones sexuales y que es preciso ser precavida; tampoco temo comenzar una relación romántica, aunque sé que anualmente hay mujeres que son asesinadas por sus parejas. Aquí estoy, señora ministra.

Conozco todas estas cosas y acudo a su llamada. Me ha señalado como víctima y me acerco con curiosidad por saber qué va a hacer usted por nosotras. Sin embargo, cuando estoy a unos metros de usted sólo veo que sigue señalándome y mostrándome a la opinión publica. Le pregunto qué hará con las injusticias, ahora que está en el poder y sonriente exclama «niños, niñas y niñes», vuelvo a preguntar, y repite lo mismo una y otra vez. Le pregunto cuándo acabará nuestro sufrimiento y vuelvo a ver su dedo apuntándome, diciendo: «mirad, mirad cuánto sufre, mirad cuán injusta es su precaria vida y cuán ingrato su futuro». 

Nos ha llamado, señora ministra, y aquí estamos. Mujeres, gays, lesbianas, transexuales, negras, maricas, víctimas de violencia de género, niñes, putas, adolescentes violadas, desahuciadas. Aquí estamos, pero no tiene nada que decirnos porque detrás de sus proclamas no hay nada. Nos muestra una y otra vez, denuncia una situación que no cambia porque usted nos prometió más de lo que puede ofrecer. No había plan, ¿verdad? No había proyecto bajo un manto de buenas intenciones, ¿cierto? Hemos leído a Gramsci, señora ministra, a Foucault, a Butler y nos hemos asomado a Laclau, sabemos de la importancia del lenguaje y su potencial para generar realidades y visibilizar lo hasta ahora oculto. Pensó que con las palabras y la voluntariedad bastaba. No es así y eso genera mucho más sufrimiento y frustración.

No le acuso, señora ministra, no soy quién, tampoco considero que en sus algarabías haya ni un ápice de maldad, mas sí mucho de incapacidad. Sólo le pido una cosa, deje de mostrarnos y señalarnos, no porque el ministerio que ocupa nos cueste dinero, esa es una cuestión menor, la razón es mucho más profunda, además, no voy a negar que medidas que usted ha tomado están ayudando a muchas personas que necesitaban una respuesta rápida y tajante. Le pido que deje de mostrarnos y que, a ser posible, dé un paso a un lado porque no hace ningún bien a la causa, porque tan visible ha tornado a colectivos antaño desconocidos, tan escandalosas y repetitivas son sus proclamas, que ya nadie nos ve. Lo que ha conseguido son burlas y desprecio hacia una cuestión, la cuestión de la igualdad, la cuestión de la justicia social, que es transcendental. Ha conseguido usted el efecto contrario al de Streisand, señora ministra, estos debates que son tan perentorios y sensibles ahora están envueltos en risas y mofas y, en buena medida, esto se debe a sus intervenciones. 

No somos víctimas, señora Montero, somos personas capaces de llevar nuestro sufrimiento sobre nuestros hombros y encontrar un cauce adecuado a nuestras proclamas. Nosotras dimos la talla, pero creo que, con sus mejores intenciones, usted no la está dando. No le culpo, pero échese a un lado, somos muchas y tenemos mucho que hacer. Con tanto griterío en lenguaje inclusivo, con tanta promesa evanescente y poco meditada, la tarea se vuelve más ardua y complicada. El problema (un problema que ustedes ya sospechaban en los inicios de la formación y que tal vez creyeron poder soslayar) es que detrás de sus discursos bien conformados sólo hay “palabras, palabras, palabras a granel”[1]. No sólo de pan vive el hombre, cierto, pero de hambre seguimos muriendo


[1] Rodríguez Domínguez, S. (2006). Palabras [CD].

This Post Has 3 Comments

  1. Claro, claro no ves la ayuda a mujeres de violencia de genero, solo escribes que es solo apariencia,la envidia es muy mala en este Pais que se llama España, antes de este gobierno de coalicion, me gustaria ver algun escrito a otros anteriores,,si ese que le daba igual las muertes en manos de machistas y violadores,hasta la Justicia parecia que poco se creia a las mujeres que denunciaban.

    1. Muchas gracias por leer el artículo y comentar. Como menciono en el mismo, éste es un tema sensible y delicado y en modo alguno pretendo comenzar una polémica sobre una cuestión que genera tanto sufrimiento. Aplaudo los avances que hemos logrado en materia de igualdad y sólo pido, como ciudadana, que sigamos esa senda y no nos distraigamos en debates que dividen y dañan a colectivos minoritarios. En cualquier caso, discrepar es algo normal en el debate público e incluso de agradecer. Un saludo.

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