Gracias, señor censor.

No odio, no odio, no odio. Juro a quien pueda creerme que no odio. Antes de dar comienzo a esta breve declaración, quiero dejar de manifiesto cuantas veces considere el señor censor pertinente, que mi corazón sólo destila bondad y buenos sentimientos, soy pura de pensamiento, palabra, obra y omisión. Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa, señor censor, nada de esto tiene que ver con usted. Sea misericorde con esta cabeza pensante que sólo pretende acallar ciertas turbaciones, que sólo quiere acercarse con curiosidad al mundo que la rodea, que ningún mal pretende hacer más que aquel funesto sinsabor que dejan las preguntas sin respuesta. Por favor, no vean en ella más que sencillez e inocencia. Por favor, no son malévolas sus intenciones ni maquiavélicos sus fines. Pero, sobre todo, por favor se lo pido, no vean odio. No lo hay. Lo prometo, a aquél que quiera escucharme, no odio, no odio, no odio.

Creo que el párrafo anterior es más que necesario en los días que corren y me gustaría que no fuese así. Volvemos a los peores tiempos de la censura y la prohibición. El pensamiento, a mi entender, debería vagar autónomo y merodear por los parajes más recónditos y extraños. El pensamiento no debiera estar recortado, no debería ser acallado. El pensamiento apasionado se expande y, por unos míseros instantes, nos dota de ánima a nosotros, muertos vivientes. Sin embargo, son tiempos oscuros para quien pretende batir sus alas, son tiempos sombríos para confrontar opiniones, hoy el señor censor vigila tus deseos y pasiones, registra tus itinerarios y palabras. El señor censor acalla las voces, recorta los mensajes, mata la sensatez. Y, dios me libre de odiar al censor, a él se lo debemos todo, a él debemos una convivencia tan artificiosamente sonriente y tolerante. A él debemos un paraje de mentes bien alimentadas con “me gusta” y sociabilidad sin esfuerzo. Gracias, señor censor, sin usted seguiríamos divagando sin ataduras ni grilletes.

La razón de que ponga sobre la mesa las virtudes del señor censor es que hace poco tiempo se topó en mi camino o, mejor dicho, me tope yo en el suyo. Anunciando la publicación de este post (https://incorreccionpoliticacritica.com/2021/04/20/mensaje-urgente-a-irene-montero-seguimos-esperando-su-respuesta/), el señor censor (al que también se le conoce como soporte de Twitter, agencia verificadora, jefe de redacción, Ministerio de la Verdad, IFCN, policía del pensamiento, etc.) determinó muy justamente que mi mensaje incitaba al odio. Me alerté al recibir su amonestación pues, ingenua de mí, pensaba que no odiaba. Releí el artículo varias veces, lo comenté con mis allegados, ninguno vio un ápice de aversión o malevolencia, pero lo dice el señor censor, y el señor censor es un hombre honrado. Creí que el debate público consistía en confrontar ideas distintas e incluso contrapuestas, que la discusión era el comienzo para indagar en la verdad y que esto enriquecía la democracia deliberativa, pero el señor censor dice que destilo odio, y el señor censor es un hombre honrado. En un mundo donde la hiperpositividad hace que la información fluya sin frenos ni obstáculos, que minuto a minuto tengamos una última hora más jugosa que la anterior, creí pertinente introducir mensajes que sirviesen de freno porque sólo en el silencio brota la reflexión, pero el señor censor vio ahí un peligro para las minorías indefensas y el señor censor es un hombre honrado. Por un instante se me ocurrió imaginar que el debate pudiera acercar a los hombres intranquilos, que la razón pudiera unir a almas alejadas, presumí que en la palabra los dioses nos aguardan sonrientes, pero el señor censor considera que no es pertinente remover conciencias, que no conviene alimentar el espíritu, y el señor censor es un hombre honrado. 

No estoy aquí para reprobar lo que el señor censor dijo sobre mí, pero estoy aquí para compartir mis dudas e inquietudes, para ofrecer al pensamiento un lugar donde corretear sin más límites que los que queramos imponerle (incluso ninguno, si eso fuera posible). Todos amáis la meditación apasionada, os sedujo en aquellos instantes que más de cerca sentisteis la podredumbre de la mortandad. ¿Qué razón os detiene para no llorarle? “¡Oh raciocinio! ¡Has ido a buscar asilo en los irracionales, pues los hombres han perdido la razón!”[1].  

No odio, no odio, no odio. Gracias, señor censor.


[1] Shakespeare, William, The Tragedie of Iulius Cæsar.

This Post Has 3 Comments

  1. Mas allá de que determinación ha tomado el «censor» que tú ya presupones que es un hombre al llamarle todo el rato censor (apreciación muy conveniente, ya que hablaba de feminismo tu artículo de opinión) creo que el punto de mira hay que ponerlo en quién ha visto o considerado odio, ya que es seguro que la persona con el poder de «censurar» ha recibido las denuncias de varias personas, usuarias de Twitter, que ha tenido que atender. O sea que un artículo que yo entendí como una crítica sobre un aspecto, conducta y persona que está claro no te gustaba, hay quién ha considerado que tú odiabas. Y resulta que una persona con poder en una empresa privada, un negocio, ha considerado ese lema de el cliente siempre tiene la razón. Esa es mi hipótesis y razonamiento. En una sociedad y en un país tan polarizado como el nuestro, quien no piensa como yo, es mi enemigo. A mi enemigo lo odio, por lo general, así que presupongo que él me odia a mí. Es así de triste

    1. Gracias por leer y comentar. Estoy muy de acuerdo, una empresa privada está en su absoluto derecho a aplicar su reglamentación interna como considere y, por supuesto, tiene derecho de admisión. Me pregunto, no obstante, en qué medida alguien pudo sentirse ofendido con mi artículo, cómo puede el mensaje que quise trasmitir dañar la sensibilidad de cualquiera. No alcanzo a comprenderlo. No fue mi intención. La cuestión radica, por tanto, ya no en el señor censor, que también, sino en lo que comenta, en la hipersensibilidad a la que hemos llegado. ¿Es lo mejor para el debate público y la argumentación?, ¿dónde están los límites, quién los determina?

  2. *perdón quise decir señor, que presupones que te ha censurado un hombre porque lo llamas todo el rato señor. Podrías haber utilizado la palabra persona, si no quieres recurrir a decir señor o señora, o la recurrida @

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