Verde que te quiero verde. ¿Estamos en la senda para afrontar la crisis climática?

Otro 5 de junio

«Verde que te quiero verde» decía el eternamente enamorado en un poema que desprende tanta belleza como angustiosa agonía. Me parece que nada mejor que rescatar este ligero verso para conmemorar el nacimiento de Federico García Lorca venido al mundo precisamente el 5 de junio de 1898. En este caso, como en muchos otros, creo que es más oportuno celebrar el nacimiento que la muerte, pero es que, además, el destino así lo ha querido, la fecha de su nacimiento coincide con la celebración del Día Mundial del Medio Ambiente. Así, cercanos al amor por lo verde y la sostenibilidad, me siento impelida a adentrarme en un tema que cada vez ocupa más esferas de nuestras vidas y que, al parecer, determinará las relaciones que mantenemos con la movilidad, la legislación, nuestros horarios, los hábitos de consumo a los que estamos habituados, incluso de sueño e higiene. Pero, en mi opinión, lo más interesante de la cuestión, es que este grave asunto se está desplazando al lugar donde habita la psique, al imaginario, a la emotividad. Ha penetrado en nuestras vidas y está echando raíces. 

Dentro del laberinto

La crisis medioambiental por su enormidad, complejidad e implicaciones no debe ser minimizada. Si bien son los menos, no son pocos los expertos que ponen en cuestión sus causas, así como las consecuencias de una serie de cambios que, estos sí, son innegables (incremento de las temperaturas, desertificación, subida del nivel del mar, sequías, etc.). En qué medida la mano del hombre haya podido intervenir en que esto se produzca y/o acelere no es algo que a mí me corresponda enjuiciar por desconocimiento e ignorancia, no obstante, los efectos aducidos imposibilitan la vida en ciertas zonas del planeta y la dificultan sobremanera en el resto. A esto cabe sumar, además, que el sistema capitalista no ayuda a aminorar los daños y dar marcha atrás, más bien al contrario.

Una vez centrado el asunto, me parece del todo oportuno abordar esta gigantesca problemática, comparándola con un laberinto. Más aun, si me lo permiten, me gustaría equipararla al laberinto de Jareth, el rey de los duendes. Éste, como puede verse en la fantástica película dirigida por Jim Henson[1], no es un laberinto cualquiera, si no uno en el que los seres fantásticos confunden, preguntan, dificultan y entorpecen la marcha de la protagonista Sarah, interpretada por una jovencísima Jennifer Connelly, al castillo de Jareth donde tiene recluido a su pequeño hermano.

En esta mítica producción hay una escena que me resulta formidable para trasladar una reflexión sobre la emergencia climática. La astuta Sarah deja marcadas en las baldosas y paredes que conforman el laberinto flechas que le indicarán por dónde ya ha circulado y qué dirección ha tomado. Esta es su forma de evitar caminar dos veces por el mismo sitio y acabar dando vueltas a riesgo de que se agote el tiempo porque, un detalle nada baladí, la muchacha cuenta con veintitrés horas para completar su labor. De entrada, a uno ésta le parece una genialidad que resolverá los problemas, hasta que se percata de que hay animalillos que emergen de debajo de las baldosas y les dan la vuelta de modo que la señal no pueda verse. 

Creo que en esos segundos[2] tenemos una de las mayores complicaciones que están perjudicando la causa del cambio climático. Desde hace años hemos visto como desde las instituciones se han hecho verdaderos esfuerzos y se han dedicado incontables recursos en concienciar a la población del reto que tenemos por delante. Comenzaron con la idea del reciclaje, prosiguieron con el empaquetado de los productos, las ecotasas y subvenciones y, así, un sinfín de medidas. A esta plática tan loable, a la que acompañan con agendas prometedoras, no han tardado en sumarse las multinacionales que exponen orgullosas cómo parte de sus beneficios son invertidos en proyectos sostenibles, exhiben la reducción de plástico en su producción y comienzan a colocar el sello de ECO o BIO a la vista del más miope de los consumidores.

Me parece que estas medidas, necesarias hasta cierto punto, se vuelven contra nosotros pues, no sólo se difuminan como las marcas de Sarah hasta desaparecer, sino que, además, nos hacen creer que podemos caminar seguros sin saber si vamos por el buen camino. Me parece que nos equivocamos, considero que Jareth ha conseguido meternos en su trampa y el precio es caro. Desde las instituciones y el mercado se está responsabilizando al individuo de un problema cuyas dimensiones son simplemente inconmensurables. Eso sí, a su vez, se le vende “la solución” que le quitará parte de una culpa que le han generado falsamente. 

Pongamos un ejemplo: el ciudadano de a pie, consumidor, derrochador e hijo del primer mundo, vive de espaldas a la naturaleza, se ducha diariamente, enciende las luces y el horno sin preocuparse demasiado, compra tantas veces como desea y desecha en vez de reutilizar. No obstante, vive con esa pequeña ansiedad del que sabe que no hace las cosas bien, pero que no tiene otro remedio, pues lo contrario es demasiado costoso y no sale a cuenta. En este momento, el propio sistema, que le ha provocado ese sentimiento punitivo, sale al rescate: «no se preocupe, pague un poco más y llévese una camiseta de algodón ecológico», «si le inquieta el efecto de los pesticidas sobre la biodiversidad, tenemos el remedio, disfrute de nuestra fruta y verdura ecológica y, además, favorecerá el comercio de proximidad», «¿no puede usted pensar en el clima tanto como debiera? No hay problema, ponga la lavadora en la hora valle (a partir de las doce de la noche entre semana), encuentre un sitio para los cuatro cubos de basura de reciclaje en su casa de veinticinco metros cuadrados y cambie su aire acondicionado por un abanico artesanal». ¿Para qué seguir pensando?

Qui nocet?

Este perverso mecanismo logra apaciguar la culpa el tiempo suficiente como para seguir viviendo a la espera del siguiente correctivo que nos recuerde la horripilante huella que estamos dejando y el mal que estamos haciendo a las próximas generaciones. Más que una solución, me parece que estamos remando en una dirección muy distinta a la que realmente hace falta. En primer lugar, trasladar la cuestión al macabro juego de la culpa y expiación es tentador y ridículo, teniendo en cuenta la gravedad del asunto. La pregunta que quisiera plantear no es tanto qui prodest (a quién beneficia), pues es evidente que las grandes empresas, Hacienda, así como partidos políticos y organizaciones entregados a la causa de la sostenibilidad son los primeros beneficiarios. Sin embargo, a mi entender, la clave está en qui nocet (a quién perjudica): a las clases desfavorecidas que no pueden hacer frente ni económica ni psicológicamente a la cuestión y a la causa en sí misma que queda diluida por estas pequeñas acciones individuales que, si bien tienen efectos (exiguos en el mejor de los casos), son tan costosos que desincentivan al individuo a forzar y exigir a los responsables políticos que, ellos sí, pongan pie en pared y comiencen a abordar el tema en términos de catástrofe global. Considerarlo como un problema, no como un pecado. Pactar, acordar y negociar. Forzar si es preciso. 

Mientras sintamos falsamente que estamos libres de culpa porque hemos llevado nuestro viejo radiocasete a un punto limpio y hemos pagado las externalidades negativas de un alto consumo eléctrico, no saldremos a reclamar lo que de verdad puede poner coto al problema. Llevar este asunto, como muchos otros con enjundia política, al plano de los sentimientos es contraproducente. ¿No hemos de repensar nuestro modelo productivo, por ejemplo? Renunciamos a levantar fábricas que darían empleo a miles de familias apelando a la protección del medio ambiente cuando el impacto que realmente tendría tal decisión es ridículo mirándolo a escala global. No lo duden, no hay remedios sencillos, mas sí grandes males. Estamos en medio de un laberinto y ojalá con la buena voluntad ciudadana pudiéramos salir, pero con Lorca comenzamos y con Lorca acabamos: 

-Si yo pudiera, mocito,
este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo,
ni mi casa es ya mi casa.  

Podemos seguir dibujando flechas en las baldosas creyendo que éstas nos aguardarán para alertarnos de que nuestro camino es en balde, pero me temo que los animalillos han dado la vuelta a cada una de ellas y llevamos tiempo andando en círculos. 


[1] Dentro del laberinto. 1986. [DVD] Dirigida por J. Henson.

[2] https://www.youtube.com/watch?v=ejagGbNocwY

This Post Has 2 Comments

  1. Me ha parecido muy interesante tu punto de vista.
    Quisiera aportar una variable adicional, a saber: “nuestra vanidad nos hace creer que tenemos capacidad para dañar la naturaleza”.
    Hace unos meses leía algo que escribió un tipo que me pareció brillante. ¿No estará el ser humano en el Universo para generar plástico? Seríamos así útiles al Universo pues estaríamos completándolo.
    Se que suena muy, pero que muy raro, pero quizá pone al ser humano más cerca de su sitio en el Universo.
    No afirmó con esto que no debamos cuidar del medio ambiente y en definitiva del Universo, pero del mismo modo que debemos cuidar de nosotros, de nuestros vecinos y de todas las cosas. El no hacerlo es una forma de vanidad y de desprecio tanto a uno mismo como al Todo.

    1. Me ha gustado mucho su reflexión y estoy totalmente de acuerdo. Hay un error terriblemente humano a la hora de analizar fenómenos como estos y es verlos desde un enfoque antropocéntrico del que no nos desprendemos. De hecho, tendemos a pensar que hemos «dañado» a la naturaleza como si la naturaleza fuese susceptible de sentir agravios o maltratos y, como si, además, se vengara por los mismos. La cuestión, en cambio, me parece que ha de plantearse en términos si se quiere «egoístas», es decir, ¿podemos seguir viviendo si seguimos contaminando a este ritmo? Y, si es así, ¿en qué condiciones y a qué precio? Son cuestiones muy abiertas, pero creo que más justas que las que se limitan a reducirlo todo a simples maniqueísmos. Muchas gracias por leer y comentar. Un abrazo.

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