Incorrección política
Arquitectura, tatuajes y política. Ser o no ser en el mundo de las identidades. 

Caminar al ritmo de la modernidad

Uno de los placeres más austeros y gratos del que no me suelo privar es el del movimiento. Escabullirse al exterior, pisar el asfalto, respirar el humo de los coches y divagar viendo la gente pasar. Es un ejercicio físico, intelectual y espiritual de gran envergadura, una lo hace lo mejor que puede y con los años se gana en soltura. 

Sin querer emular al flâneur baudelairiano, no aspiro a tan alta distinción, me complace pensar al ritmo de la urbe y la semana pasada mi pensamiento se posó en la cantidad de tatuajes que adornan las pieles de todo tipo de personas hoy en día. En principio, me pareció un pensamiento absurdo, aquellos que circulan rápidamente para dar paso a la siguiente ocurrencia, sin embargo, no podía dejar de encontrarme con otros paseantes y sus tatuajes me acribillaban reclamando mi atención. Sin quitarme esa visión de la cabeza, de pronto recordé la imagen de las agresiones que habían tenido lugar ese mismo día entre los colectivos LGTBI y feministas en Murcia[1]. Dos pensamientos inconexos bailoteando discordantes, algo normal. En ese momento, al ritmo que marcaban mis zancadas y el sonido de fondo del bullicio de los bares, se sumó una tercera idea, en forma de recuerdo, un texto del arquitecto austriaco Adolf Loos. Como verán, la mente del caminante no tiene freno y, fruto de aquella singular asociación, me gustaría traerles algunas extrañas e incoherentes reflexiones a este espacio. Si quieren, pueden acompañarme en este vagabundeo por la modernidad.

El triunfo del ornamento

Las líneas rectas apuntan con firmeza al cielo, simples, escuetas, ellas mismas se representan, no tienen nada que decir más que exponer su existencia desnuda al viandante impávido que contempla con armonía. Simetría y perfección es lo que sugiere cada creación de Adolf Loos. Orden, seriedad y razón. En uno de sus textos más conocidos y suculentos, el arquitecto expresa con firmeza su modo de entender el mundo, una visión muy particular que se deja ver en cada una de sus edificaciones y creaciones:

La evolución cultural equivale a la eliminación del ornamento del objeto usual. Creí con ello proporcionar a la humanidad algo nuevo con lo que alegrarse, pero no me lo ha agradecido. Se pusieron tristes y su ánimo decayó. Lo que les preocupaba era saber que no se podía producir un ornamento nuevo[2].

Estas palabras junto a su célebre, “el hombre moderno que se tatúa es un delincuente o un degenerado”[3]. nos revelan que ciertamente la tristeza con la que nos iluminó se tradujo en un frenético intento de pulverizarla, de ponerle remedio construyendo ornamentaciones allá dónde antes no las había, extrayendo motivos de distinción de lo que antaño era un decoroso mutismo. Para bien o para mal, hemos hecho que sus palabras no casen con el mundo en que vivimos, nuestro ánimo tras la advertencia de Loos no ha sabido sobreponerse al lamento y se ha visto impelido no ya a seguir produciendo ornamentos, sino a hacerlo en cadena. 

Quizá es el arquitecto el que fuese un delincuente o un degenerado, tal apreciación la dejo a la disquisición del lector, lo que desde luego está claro es que el ornamento ha invadido nuestras ciudades, nuestras casas, nuestros cuerpos y nuestras almas. No sé si son buenas o malas noticias, seguramente no se puede ir contra una naturaleza que siempre se dijo simbólica y se imbuyó de los más suculentos accesorios (lauréolas, alhajas, plumas, kangas, ungüentos, carmín, etc.). No obstante, invitaría al lector a no caer apresuradamente ni en la cómoda falacia naturalista, ni en la consternación aristocrática de Loos, tratemos de extraer alguna reflexión digna de tal nombre de este triunfo del ornamento.

De esta suerte, quisiera trasmitirles dos preocupaciones que me suscitaron estas divagaciones. En primer lugar, ¿qué es el ornamento?, ¿para qué lo empleamos?, ¿qué buscamos? Y, lo que es más importante, ¿de qué nos protegemos bajo su resguardo? El ornamento es un signo de distinción, de embellecimiento, de diferenciación. El ornamento nos empaqueta. Efectivamente, cuando un joven porta la camiseta del Aleti por la calle no se limita a señalar que es un aficionado al fútbol o que comparte ciertos valores de un equipo deportivo, también deja claro que no lo encontrarás coreando «Hala Madrid» o celebrando una victoria del Barça como un culé más. Identificarse con algo no sólo es hacerlo con quien se incluye en esa etiqueta sino, de un modo u otro, rechazar al resto. Se es del Atleti y no del Barça, se es conservador y no progresista, se es cristiano y no ateo o mahometano. De ahí que no puedan resultarnos tan extraños los altercados de Murcia a los que hacía referencia anteriormente, no es lo mismo ser de una corriente feminista que de otra, incluso bajo la misma causa existen matices, sin querer simplificar una cuestión compleja, para el caso que nos ocupa podemos decir que, después de todo, un Manet no puede confundirse con un Degas por mucho que ambos pertenezcan al movimiento impresionista.

A la idea de que identificarse supone una desidentificación, sumaría otro pensamiento que me rondó la cabeza y es que esta diversidad de ornamentos que portamos como estigmas dolorosos y liberadores, son apuntalados por todo tipo de propaganda y difusión. En este sentido, podría decirse que no basta con apostar por la igualdad, uno ha de ser «feminista» y, por supuesto, llevar una bolsa de tela con el eslogan «girl power» que lo acompañará a todas partes y del que se sentirá plenamente orgulloso. ¿Ser conscientes de la crisis climática?, no basta, hay que ser ecologista, enfurecerse con los «negacionistas» y beber con pajitas reutilizables. ¿«Vivir el día a día»?, ¿por qué si puede llamarlo «ser healthy» y publicar fotografías de un poke bowl en las redes sociales? No hace falta ir muy lejos para darse cuenta de la cantidad de dinero que se mueve en la era de las identidades, basta con ver que las grandes marcas multinacionales, así como los medios de comunicación más relevantes e instituciones gubernamentales han teñido sus logotipos con la bandera del LGTB en la semana en que se conmemoran los disturbios de Stonewall de 1969. No dudo que sea una buena iniciativa para dar visibilidad a las minorías, pero es curioso que Coca Cola o el BBVA se hayan sumado a las reivindicaciones de partidos como Podemos o Izquierda Unida.

Me he referido al movimiento feminista y a la corriente LGTB, pero lo mismo vale para otros cientos de cuestiones identitarias que muy hábilmente han sabido aprovechar los diferentes poderes fácticos para generar un clima barroco de auténtico horror vacui existencial. De la noche a la mañana, amanecimos siendo hombres, mujeres, de género fluido, heterosexuales, homosexuales, transexuales, bisexuales, de color, orientales, blancos, occidentales, progresistas, conservadores, veganos, ecologistas, deportistas, feministas, liberales, etc. No es que antes no fuéramos nada de ello, por supuesto, sino que o estaba integrado en nuestra vida y no nos percatábamos, o era escondido por el rechazo que producía en la sociedad. Ahora, no basta con haber tomado conciencia, sino que el adorno ha de abanderar esa recién descubierta identidad. Para que no haya dudas de quién soy yo o, quizá algo más doloroso y punzante, como si supiera quién soy yo.

Brindemos por el cinismo incoherente de vivir

¿Qué podemos sacar de todo ello? Loos dice lo siguiente: 

El que hoy en día lleva una americana de terciopelo no es un artista, sino un payaso o un pintor de brocha gorda. Nos hemos vuelto más refinados, más sutiles. Los miembros de la tribu se tenían que diferenciar por colores distintos, el hombre moderno necesita su vestido impersonal como máscara. Su individualidad es tan monstruosamente vigorosa que ya no la puede expresar en prendas de vestir. La falta de ornamentos es un signo de fuerza espiritual. El hombre moderno utiliza los ornamentos de civilizaciones anteriores y extrañas a su antojo. Su propia invención la concentra en otras cosas[4].

Llegados a este punto, puedo decir que no estoy en absoluto de acuerdo. Su exposición da a entender que detrás de todo ornamento hay una identidad firme y estable, representada por el hombre moderno, y que la fuerza espiritual distingue al que puede hacerla valer del que necesita esconderse debajo de los accesorios. Aquí mi divergencia es clara: si algo nos enseña la modernidad[5] es que no hay una identidad auténtica debajo del adorno. No hay un ser estable, coincidente consigo mismo. Lloren o alégrense porque somos pura y simple contradicción. Y, además, lo quiera Loos o no, somos especímenes emperifollados hasta las trancas. Veo los tatuajes y advierto cuán necesitados estamos de enseñar al mundo quiénes somos, qué defendemos, lo que nos gusta, a quién queremos recordar o aquello que guía nuestras vidas. No es extraño que una vez se han roto los carnés de partido y que en las Iglesias no encontramos el consuelo de un Dios al que consideramos muerto, busquemos refugio en otros símbolos que traducen ideas que nos traspasan y trascienden. Lo veo lógico, lo siento propio, sonrío amargamente. El espíritu anhela lo trascendental y se abruma en una inmanencia sin cierre.

Ahora bien, de mi extraño paseo veraniego extraje dos conclusiones a modo de advertencia que quizá compartan conmigo. La primera de ellas es que, pese a la cantidad de identidades que nos conforman y confrontan, nos une mucho más que lo que nos separa. Y esto, si me permiten, no es un brindis al sol de una idealista risueña, pues puede verse en términos absolutamente egoístas y auto-centrados, simplemente es un hecho. Cada uno entenderá que unos valores son más importantes que otros y diferirá en la manera de lograrlos, incluso pueden contraponerse, pero creo que nadie escuchará a una persona cabal defender la injusticia y la mezquindad por que sí. En este sentido, me considero fundamentalmente aristotélica y entiendo que el bien es aquello a lo que las cosas tienden por naturaleza[6], aunque, eso sí, no exista una única forma de concebirlo. Viviendo en un clima tan sobrecargado, me parece que eso no debería desvanecerse bajo la tinta de un tatuaje o accesorio.

En segundo lugar, y para finalizar, considero que hemos de tener muy presente que pensamos en el lenguaje de otros y, por tanto, en el fondo no hay fondo. Con esto quiero decir que es imprescindible preguntarnos por cada lucha legítima y justa que se nos brinda, cuestionar cada agitación a nuestra identidad ya venga del exterior o de un pretendido interior. Hemos de preguntarnos quién nos habla, quién nos llama y para qué lo hace. Después actuaremos en consecuencia. Para bien o para mal, en este caso creo que para bien, del mismo modo que lo sólido se ha desvanecido en el aire, hoy no hay nada indeleble y eso, señor Loos, es esencialmente moderno. Después de todo, en lo más profundo (si creemos aún en las profundidades del ser) existe ese hálito de incoherencia que nos permite cambiar de opinión, hacer autocrítica y no cegarnos por el brillo de cualquier ornamento. Ser fieles a nuestros ideales determina una existencia, pero ser fiel a la honestidad de poder cambiarlos si nos percatamos de que son erróneos es lo que hace que la vida merezca la distinción del ornamento. 


[1] https://www.elespanol.com/reportajes/20210627/feministas-llegan-murcia-pone-riesgo-derechos-mujeres/592191060_0.html

[2] LOOS, Adolf (1908) “Ornamento y delito”. Paperback no 7. ISSN 1885-8007. [fecha de consulta: 04/07/2021] http://www.paperback.es/articulos/loos/ornamento.pdf

[3] Ibid.

[4] Ibid.

[5] Y la posmodernidad, incluso la hipermodernidad, si es que acaso existe algo semejante.

[6] Cf. EN 1094a1-3.

This Post Has 2 Comments

  1. Hola. Leo desde hace poco los artículos de este blog, la verdad es que no se si tienes el blog desde hace mucho tiempo, la vida a la carrera que vivimos no nos deja tiempo para dedidacarlo a tantas cosas como se pueden hacer.

    El primer articulo que leí fue el de Unidas Podemos y Pablo Iglesias, me llego al alma y retrataba muy bien mi forma de pensar. Y lo más importante, entre tanto twitt y artículo rápido, pensado a lo loco, por lo que decía arriba que no tenemos tiempo, encontré en este blog un poco más de profundidad en el pensamiento, visión a largo plazo, algo que hace mucha falta.

    Pero a lo que iba, sobre este artículo. No estoy del todo de acuerdo con tus conclusiones, de hecho en la primera creo que el hombre como individuo es mezquino y se imponen aquellos que utilizan su inteligencia de forma más ruín. Solamente la visión del bien común a largo plazo nos hace avanzar como sociedad y no estar todavía en guerra tras guerra por todo el mundo.

    Si es verdad que tenemos mucho en común, porque los valores básicos son los mismos, empezando, en nuestro caso, por los del cristianismo que tenemos en Europa. Pero si un Español, por ejemplo, se va a Mongolia, o a Malawi, tenemos mucho menos en común y cosas como los tatuajes, forma de vestir y pensar, pueden hacer que te separen de la sociedad.

    Con tu segunda conclusión estoy muy de acuerdo y tenemos que ver con mucho cuidado cada «lucha legítima» que se nos brinda, ya que la información que tenemos, la mayoría de las veces es escasa o no es completa, cuando no sesgada. Y a veces se lucha por los derechos de una minoría que van directamente contra los derechos de otra minoría, que pueden ser igual de válidos y necesarios, pero tal vez no tan mediáticos.

    Y finalmente en cuanto a los tatuajes. Yo no tengo ninguno, creo que ahora se pueden borrar, incluso así, me parece una decisión muy arriesgada. Casi nadie tiene la misma forma de pensar de joven que de adulto, o lo que consideras correcto a los 20 años puede no ser lo mismo que a los 40. Y ese tatuaje que te identifica con una idea, una persona, una moda, lo tienes que seguir llevando.

    Gracias por el blog. Como dije, es interesante poder leer cosas con un poco de profundidad y que no solamente tocan la superficie de los temas, antes de empezar con el siguiente que se acaba de generar y que ya ha dejado obsoleto al anterior de hace solo 5 minutos.

    1. Buenas tardes, oubierna, antes que nada quisiera agradecerte sinceramente no sólo que leas los artículos y comentes, sino tus palabras. Con tal fin inicié esta andadura en el blog hace menos de un año y saber que las publicaciones animan al pensamiento y al debate me hace sonrojar.
      Entrando en materia, estoy completamente de acuerdo en tu objeción. Sin embargo, creo que podemos convenir en que, si bien el individuo no es un santo ni un ángel, busca su bien y que en esto estamos todos. Cada uno entenderá el «bien» a su manera (cumplir la Ley de Dios, para unos, perseguir el placer inmediato para otros, vivir confortablemente, luchar por una causa, etc.), pero una cosa es clara: todos aspiran a lo que consideran el bien y, más aún, no encuentro ejemplos en los que tratemos de justificar nuestra conducta (por muy errada que esta esté) en bases racionales sin apelar a algún tipo de bien aceptado por todos (desde la libertad, hasta la justicia, pasando por el amor o el goce hedonista [que no deja de ser un bien]). Después de todo, el nacionalsocialismo buscaba «el bien» de la raza aria (Dios me libre de simpatizar con el Tercer Reich, es sólo un ejemplo).
      Visto desde la colectividad, ciertamente, como seres racionales, podemos convenir la monstruosidad de ciertos devenires y derivas. De ahí que comparta tu crítica, si valoramos uno a uno lo que para cada individuo es el bien no salimos muy bien parados, pero creo que en cuestión de forma, todo animal tiende a mantener su vida y, en el caso de este animal racional, a alcanzar una «buena» vida.
      Espero poder seguir contando con tus observaciones y comentarios.
      Muchas gracias, un abrazo y, por supuesto, Sapere aude!

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