Incorrección política
Se han caído las caretas. ¿Podemos encajar la verdad? Afganistán en el punto de mira.
A girl looks on among Afghan women lining up to receive relief assistance, during the holy month of Ramadan in Jalalabad, Afghanistan, June 11, 2017. REUTERS/Parwiz - RTS16JM5

Ya era hora de que, después de vivir fantasías propias de otro mundo, quizá de otro lugar, de soñar que todo era posible y prometer que se lograría erigir un lugar en el que todos seríamos felices, comprendidos, queridos, algo así como una paz perpetua, cayesen las caretas porque nunca fue real. Siempre unos tuvieron más que otros, unos lucharon más que otros, unos plantaron cara a los que sólo comerciaban con entelequias. Por fin cayeron las caretas, por fin se aprecia la tramoya, por fin vemos las cuerdas que mueven los hilos de los títeres de este infausto teatro al que llamamos comunidad internacional, multiculturalismo, alianza de civilizaciones, política. ¿Dónde está eso?, ¿dónde está eso hoy? ¿Acaso en Afganistán?, ¿acaso en Haití?, ¿acaso en Turquía o Marruecos? No, ni siquiera en la elogiada Unión Europea, ni siquiera en los admirados Estados Unidos. No lo busquen, no está. Por fin cayeron las caretas.

Todos los países desarrollados de un modo u otro han contribuido a que, por un instante, por unos días, podamos ver cómo se entretejen las relaciones políticas del mundo globalizado, relaciones groseras, relaciones que antaño se habían forjado en la guerra y, no nos equivoquemos, se siguen fraguando a costa de vidas y regueros de sangre. 

La Unión Europea está siendo cobarde, muy cobarde. Los ha abandonado. Ha decidido que los talibanes han ganado y que hay que tratar con ellos[1]. Somos seres dialogantes, seres racionales, confiamos en que respetarán los manoseados Derechos Humanos, los valores democráticos. Y es curioso que esto lo haya anunciado precisamente un español, precisamente un español cuyo partido olvida (o quiere olvidar) que los derechos humanos fueron engendrados en este lugar, en este territorio, en este país. En cualquier caso, lo mismo da, todo es una farsa. 

Pero, de entre tanta hipocresía, ha despuntado Joe Biden por su desvergonzada exposición. Sí, el aclamado demócrata americano que iba a barrer con las injusticias, a atender las desigualdades, a las minorías, a los afroamericanos, las mujeres, los homosexuales. Ése, “nuestro héroe”, se ha quitado la careta y nos ha mostrado el rostro mortuorio de la realidad. Sus declaraciones son sinceras, son verdades que duelen como puños. Y no será tanto por lo que dice, pues son muchas las falsedades o medias verdades que se traslucen en las palabras del presidente de Estados Unidos, sino por cierto hedor que atraviesa bestialmente su comparecencia, por cómo la más cruda de las verdades va haciendo acto de presencia con la misma vivacidad y naturalidad con la que la milicia talibán se hizo con Kabul.

«Fuimos a Afganistán hace casi 20 años con objetivos muy claros: atrapar a quienes nos atacaron el 11 de septiembre de 2001 y asegurarnos de que Al Qaeda no pudiera usar Afganistán como base desde donde volver a atacarnos. 

Y eso es lo que hicimos.

(…) Nuestra misión en Afganistán no debía tener el objetivo de construir una nación. No se suponía que fuera crear una democracia unificada y centralizada. 

Nuestro único interés nacional vital en Afganistán sigue siendo hoy el mismo de siempre: impedir que haya un atentado terrorista en nuestra patria estadounidense»[2].

Este arrebato de sinceridad que realmente no tiene ni puede ser cuestionado, nos devuelve a un mundo que quizá no quisimos ver, aunque habitáramos. ¿Dónde queda la defensa de los derechos humanos? ¿Dónde queda el reconocimiento del otro?, ¿del prójimo sin importar raza, sexo, creencia o religión? ¿Dónde queda la exportación de los valores democráticos? No están. Pero es que nunca estuvieron. Estaban los intereses de un país y de una nación (no en vano habla de haber logrado evitar atentados en su “patria estadounidense” porque en Europa y en el propio Oriente Medio los ha habido, y muchos). La actitud de Biden no nos resulta foránea, es la que suele primar en las relaciones internacionales lo que ocurre es que vivimos un espejismo. Quizá nos llegamos a convencer cándidamente de que en primera instancia es la voluntad democrática la que mueve a nuestros líderes. Y no digo que esa voluntad no exista, digo que hay intereses que van siempre por delante. En este caso, a Estados Unidos ya no le interesa Afganistán. Tiene otros quehaceres, como apunta Biden más adelante, sus “verdaderos competidores estratégicos” son otros: “China y Rusia”. 

¿Es cierto, como apuntó el señor presidente, que el ejército afgano no quería seguir luchando?, ¿es cierto que gran parte del pueblo estaría simplemente de acuerdo con establecer la Sharia? Puede ser. No lo niego. Como tampoco niego que, si hubo un tiempo en el que Afganistán vivió con un mínimo de libertad y apertura, fue precisamente en ciertos lugares del período en el que la Unión Soviética controlaba el lugar. No seamos hipócritas, Afganistán es un territorio muy complejo, su sociedad muy diferente a la nuestra. Pero que no nos vendan que las operaciones internacionales se hacen poniendo los derechos humanos en el centro, porque no es verdad. Se tienen en cuenta si es posible y dentro de los límites en los que sea posible. Y no hablo en nombre de los soldados, los soldados están demostrando ser los más valerosos a la hora de hacer frente a la cuestión afgana, no olvidemos que ellos han estado allí peleando codo con codo con el ejército del lugar, conociendo sus gentes, jugando con sus niños, construyendo hospitales, aeropuertos, carreteras allí donde no las había. No siempre fueron bien recibidos. No, me refiero aquellos señores que deciden el destino del mundo y que hoy han decidido que Afganistán ya no cuenta, ya no vale, que sus civiles son un número más o, en este caso, un número menos, no importa.

Y la verdad es que ya era hora de que alguien lo dijese. Ya era hora de que el discurso caricaturesco de aquéllos que anuncian el paraíso en la tierra cargado de buenos sentimientos y de fraternidad tuviera que responder a la crueldad de la vida. O, mejor dicho, tuviera que verse en la tesitura de no poder responder, porque ya no hablan, porque les ha podido el silencio. Escondidos. Mientras los más vulnerables se juegan literalmente la vida. No hablan porque no tienen nada que decir, porque, después de todo, como diría Nathan R. Jessup. a Daniel Kaffee en Algunos hombres buenosno pueden encajar la verdad.

La lección de lo que sucede en Afganistán nos la están dando las mujeres afganas que se han atrevido a salir a la calle con carteles denunciando su situación, declarando que volverán a trabajar sabiendo que ese “lujo” les costará la vida. Nos la están dando los civiles de la tripulación de aquel avión que decidió despegar muy por encima del límite de sus capacidades cargado de civiles afganos que necesitaban huir de su país. Nos la da el embajador español en Kabul (cesado el 5 de agosto) que, lejos de partir en el primer vuelo rumbo a España, ha preferido esperar al último vuelo pues, como se dice, el Capitán es el último en abandonar el barco. La lección, una vez más, no se da desde arriba, sino desde abajo

“Los soldados estadounidenses no pueden y no deben combatir una guerra y morir en un conflicto que las fuerzas afganas no están dispuestas a combatir por sí mismas”, dice Biden. No sé lo que las fuerzas afganas están dispuestas a combatir ni siquiera sé los motivos que les llevarían a dejar de hacerlo, lo que sí que tengo claro es que hay personas, individuos, historias, mujeres y hombres que están dispuestos a dar la batalla. Lo que sí que tengo claro es que aquí hay mucha careta que desenmascarar. Mucho hipócrita que destapar. Mucho demagogo que transcribir. Lo siento, lo siento en el alma por cada una de esas niñas, niños, mujeres, hombres, que van a sufrir en sus carnes las represalias de los talibanes, que van a retroceder años en derechos. Lo siento en el alma. Se han caído las caretas y estamos viendo la capa de polvo, de humo y de cadáveres que cubre la historia de la humanidad. Pero no se preocupen, en breves acabará el estado de excepción, los actores volverán en el escenario, y podremos volver a vivir alegremente en la farsa y la indignidad. En estos somos unos privilegiados y, para qué negarlo, unos expertos.


[1] https://www.elmundo.es/internacional/2021/08/18/611c9e52fc6c83ed188b45f1.html

[2] https://es.usembassy.gov/es/remarksafganistan/

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