Incorrección política
Frente al <em>terrorífico</em> silencio de la Moncloa, el <em>imperturbable</em> clamor de Mondragón

El que fuera vicepresidente tercero del Gobierno dijo en su día que, habiendo causado un gran dolor, ETA tenía explicaciones políticas. Es verdad. No le faltaba un ápice de razón. Basta con deambular cualquier biblioteca con un mínimo de fondo documental para vernos desbordados por explicaciones que arrojan luz sobre el terrorismo etarra, como también sobre el Régimen del Terror de la Alemania de Hitler, del alzamiento de Franco, del estalinismo, de la Dinastía Ming, del Imperio napoleónico o del romano y un largo e infinito etcétera. Explicaciones políticas e históricas haberlas, haylas, eso no quiere decir nada. Ya Hannah Arendt nos advirtió que comprender no significa, ni mucho menos, perdonar y que, por tanto, una explicación no es una justificación. 

Las palabras huecas del exvicepresidente revelan más sus simpatías políticas y sus silencios cómplices que la cuestión que se nos plantea y que hoy nos interpela no sin dolor. Todo se explica históricamente, todo se explica políticamente, pero me gustaría saber cómo explicarán los miembros del Gobierno a sus hijos, a sus nietos, el daño que por acción u omisión están procurando a las familias de aquellos que fueron pulverizados por los terroristas y la afrenta que procuran a su cada vez más frágil memoria. No se equivoquen, me niego a que ninguno de nosotros y mucho menos los políticos se atrevan a hablar en nombre de las víctimas, ahora bien, exijo que estos mal llamados líderes hablen para las víctimas y les den sus explicaciones políticas, históricas o humanas, si tienen un mínimo de valor para hacerlo. El valor se les presume, mas no hace acto de presencia.

Por suerte para todos, las víctimas tienen su propia voz, sus propios cauces, han puesto sobre la mesa cuáles son sus preocupaciones. No buscan la llamada de un político que entable con ellas una conversación de dos minutos en la que diga, con mayor o menor sinceridad, lamentar muchísimo la muerte de otro familiar que cayó abatido en las calles de San Sebastián, a ojos de todos y, por tanto, de nadie. Tampoco quieren discursos victoriosos donde se proclame a los cuatro vientos que ETA ha sido derrotada mientras que hoy, en pleno 2021, amanecemos con homenajes a etarras y pintadas donde se lee «Gora ETA». Quieren (y merecen) un trato justo y digno como víctimas, quieren (y merecen) saber quiénes fueron los cobardes que dispararon a sus familiares a bocajarro y que colocaron las bombas en los coches. Quieren sus nombres, quieren justicia, quieren poder descansar. «Los crímenes ya han prescrito –dirán–, es demasiado tarde, la justicia no tiene mucho que hacer». No es cierto, ¿acaso las víctimas de la Guerra Civil tienen más derechos que las del terrorismo?, ¿y por qué no tienen el mismo trato, las mismas horas de televisión, de presencia en los debates parlamentarios?, ¿por qué no somos tan exquisitos (como sin duda debemos serlo) con unas y con otras?

Sí, todo puede ser explicado históricamente y aquí está el mayor ultraje y ya no me refiero a Pablo Iglesias cuya coleta él mismo se procuró cortar. Me refiero a Pedro Sánchez Castejón el presidente de mi país, un país que está siendo mercadeado insolidariamente entre aquéllos que desde un supremacismo vergonzoso se atreven a dirigirse a sus compatriotas como bestias con rostro humano, como maketos, aquéllos que encumbran al mismo Sabino Arana que escribió: “Si algún español que estuviera, por ejemplo, ahogándose en la ría, pidiese socorro, contéstale: Nik estatik erderaz (no entiendo el español)”[1]. Aquéllos que ven en el andaluz a alguien despreciable y en el madrileño a una sanguijuela, aquéllos que quieren que las víctimas estén calladas, amordazadas, que no haya discrepancia. 

Y esto no se explica remitiéndose a siglas, señor Sánchez. Su impúdico uso político de una cuestión que afecta a los fundamentos morales y democráticos de este país no se resume en VOX o el PP, en Casado o Abascal, y usted lo sabe. Lo sabe porque, para su desgracia, quien hoy tiene el valor de sacar una bandera española en Mondragón y dice «no más homenajes a asesinos» es la sociedad civil, ésa que usted teme y hace bien en temer. Las leyes de educación estarán mermando el esfuerzo y el mérito, pero no nos resignamos a dejar de pensar, a criticar, a sentir con nuestros camaradas, a llorar por nuestro país. No nos resignamos a exclamar «así no». 

Pocos han sido los días que han pasado desde que arduo y veloz levantó una alarma institucional aludiendo al incremento de los casos de homofobia y ataques al colectivo LGTBI. Salió rápidamente a los televisores para decir que no era ésta la España que queríamos. Y tiene razón, no es la España que queremos. No queremos una España crispada, rencorosa, dividida y carcomida por el odio. Odio hacia las minorías, odio en Cataluña, odio en el País Vasco. Sin embargo, para usted, al parecer, unas son víctimas de segunda, pues su causa no le reportará tantos votos o pondrá en peligro los próximos presupuestos y su permanencia en el poder. Va por ahí la cuestión, ¿me equivoco? 

Hoy las televisiones marcarán la opinión de los signatarios de uno y otro bando, los argumentarios ya están echados, los juicios establecidos, las miserias contadas. Pero no se olvide de que seguimos pensando, que seguimos amando a España. Nos identifiquemos con la derecha, con la izquierda, con el centro, con el liberalismo, con el conservadurismo, no importa, amamos a España. Amamos el verdor del País Vasco, amamos Mondragón y la decencia que hoy se defiende en sus calles, amamos Barcelona y sus callejuelas, Madrid y su empaque. Los amamos y no puede hacer nada para evitarlo. Patria quiere decir protegernos los unos a los otros, quiere decir salvar a las mujeres afganas cuando estamos destinados en Kabul, quiere decir cuidar a cada una de esas víctimas respetándolas y decir «no a la violencia» y «no a la barbarie». «No al terrorismo». Terror, Sánchez, terror siento ante ciertos pactos, ante ciertas palabras y ante ciertos silencios. Usted es el presidente de mi país y disculpe mi sinceridad, pero «Dios, que buen vasallo si oviesse buen señor». Espero que tenga una buena noche en la Moncloa, en Mondragón llueven piedras.


[1] Arana, Sabino. Bizcaitarra, número 29, 30 de junio de 1895, «Egundokua». Citado por Javier Corcuera Atienza, Orígenes, ideología y organización del nacionalismo vasco, op. cit., p. 350. Artículo que no aparece en sus Obras Completas.

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