Incorrección política
La sección de libros prohibidos. La cultura de la cancelación ardiente y fervorosa.

Simplemente absurdo

Tomó el libro entre sus manos, cuidadosamente, el lomo estaba desgastado y el tiempo había vuelto más delicadas sus finas hojas. Su tacto era rugoso, sus tonos marrones brindaban un último suspiro al mundo. Se preguntó cuánto tiempo podría haber estado oculto, escondido a la espera de que alguien fuera a rescatarlo de entre tantos manuscritos. Volvió a abrir el ejemplar y dejó que las páginas pasaran entre sus dedos. No buscaba nada en concreto, lo había leído de principio a fin varias veces. Sintió cierto estupor antes de volver a cerrarlo de golpe y dejarlo sobre el escritorio que tenía ante sí. Aquello no podía ver la luz, no podía ser leído. Si alguien encontraba aquellas palabras y llegara a penetrar en sus profundidades, todo se vendría abajo. Absurdo, simplemente absurdo. Era imposible encajar una verdad como aquélla dentro del sistema de creencias que tanto tiempo y esfuerzo habían costado. Absurdo, volvió a pensar. Observó el tomo y negó con la cabeza. 

– Pase – dijo a continuación y un joven muchacho vestido con su hábito de monje se acercó silenciosamente. 

– ¿Me ha llamado, señor? 

– Sí, ya lo he leído. 

– Ah, ¿y qué hago con él? 

– Llévelo a la sección de libros prohibidos. 

El joven se acercó a la mesa con la misma ligereza con la que había entrado en la habitación, cogió el libro, hizo una pequeña reverencia y salió por la puerta. No era el primer libro que tenía que llevar a la sección de libros prohibidos y no sería el último. Se preguntó con cierta curiosidad infantil qué contendría, pero todavía no era habido en griego y en latín y difícilmente podría comprenderlo. Mientras caminaba por los pasillos para cumplir con las órdenes, suspiró y pensó cuál sería la razón de tener una sección de libros prohibidos si, al fin y al cabo, era la más frecuentada de la biblioteca del monasterio. 

«Convertir lo negativo en positivo»

Esta pequeña invención ficcional si bien lejos de ser histórica o tener alguna relevancia, pretende hacernos reflexionar sobre el camino que sigue nuestra cultura, cuan lejana está toda idea de progreso que inspiró a los enciclopedistas franceses (si es que alguna vez tuvo algún sentido tal concepto). Hace unas semanas llegó la noticia cuyo contenido no deja de ser de primerísima actualidad. En Canadá, una junta escolar de escuelas católicas (Providence[1]) decidió que no pocos libros infantiles[2] debían estar prohibidos y, por tanto, serían quemados en lo que han convenido en denominar una Ceremonia de purificación con llamas

Entre las obras no sólo encontramos comics y cuentos, sino también enciclopedias y material de todo tipo. Al parecer, tal y como sostiene una de las promotoras de la iniciativa, Suzy Kies, Asterix y ObélixTintín o Lucky Luke difunden “imágenes negativas de aborígenes, que perpetúan estereotipos, que son realmente dañinos y peligrosos”. Por suerte, este año no se repetirá la infausta escena en la que “educadores” llevan a los niños a quemar los ejemplares para emplearlos después de abono para plantar árboles (de ahí el leitmotiv «convertir lo negativo en positivo») como sí ocurrió en 2019, esta vez se conformarán con llevarlos a reciclar. Después de todo, ¡vivimos en una sociedad ecológica! (quizá se referían a esto cuando hablaban de reutilizar conocimiento, lo mismo vale para cultivar el espíritu que para una hacer unos mantelillos de papel). 

Sin embargo, hay algo en todo el asunto que me llama poderosamente la atención. Es curioso que precisamente sean escuelas católicas canadienses las que apoyaron dicha iniciativa y no lo digo para sermonearles sobre la represora religión inquisitorial que nos persigue desde tiempos inmemoriales, ni mucho menos. A mi modo de ver, hay una diferencia sustancial entre la narración ficcional con la que comienza el artículo y este acontecimiento que, si bien no pasa desapercibido, se ha sumado a otros tantos actos bárbaros. La diferencia sustancial entre una y otra cuestión, en mi opinión, es que en el monasterio se convivía con los libros prohibidos, había una relación ahora inimaginable con el cuestionamiento profundo y fundamental de la cultura propia. Es cierto que era una sección reservada a los eruditos, cierto también que eran libros denostados y censurados, pero estaban ahí, su sola presencia cuestionaba la arquitectónica del monasterio, su razón de ser. Es curioso, digo, que justamente nazca del catolicismo, religión que, si bien alberga un contenido dogmático y un pasado reprochable en muchos casos, ha convivido constantemente con la crítica, donde la Biblia es interpretada y reinterpretada, traducida, divulgada, discutida, esta denuncia tan absurda, tan irritante a la que desgraciadamente comenzamos a acostumbrarnos.

¿Qué clase de sociedad estamos instaurando?, ¿qué clase de niños estamos educando donde el otro no tiene lugar ni siquiera en la sección de libros prohibidos? Un absoluto positivismo que se lo traga todo y no deja títere con cabeza. Microcosmos donde todo es posible, donde todo es un absoluto ‘sí’. Sin esfuerzo, sin mérito, sin honor. “Sí”. La era de la autodeterminación. No hay espacio habitable en el lugar donde todo cabe, donde no existe la oposición, la confrontación, la negatividad y la contradicción con las que avanza la historia. En ese no-lugar sólo penetra el sinsentido, el abismo, la quema, las cenizas, el humo.

Echo en falta aquellos tiempos en los que se convivía con la negatividad, en los que la sociedad de la transparencia todavía no había hecho aparición pues sólo sobre el fondo blanco pueden vislumbrarse, no sin dolor, las letras negras que nos transforman. Sólo ante el otro y lo otro, ante la contradicción y la negatividad, puede establecerse la crítica. Pero, ¿qué digo? Hablo para otros tiempos, hoy en día si alguien en una red social se significa con una forma de pensar distinta a la propia, muchas veces ni siquiera se discute, simplemente se le deja de seguir, se le silencia. Así, la Cámara de eco sólo repite nuestras propias ideas, algoritmo preciso que interpreta una infinita cacofonía fantasmal que nos hunde en la miseria intelectual. 

Sapere aude!

¿Todo está perdido? No lo sé, muchos se han referido a Fahrenheit 451, a la Bebelplatz de Berlín, a la Revolución Cultural de Mao para referirse a esta cultura del borrado, cultura woke, a los lugares seguros, sociedad infantilizada, carne de manipulación y demagogia. Ojalá se equivoquen. Ojalá recapacitemos. Ojalá sigan existiendo esos pequeños lugares clandestinos donde en la noche, a oscuras, sin que nadie nos vea, nos dejemos caer para degustar aquellas obscenidades que, de ser ciertas, harían derrumbarse todo el mundo conocido. Tomar esos libros entre nuestras manos y por un instante ver el mundo con otros ojos, muchos de ellos erróneos, pero, ¡es tan gratificante caminar con los zapatos de otros! ¡Es tan gratificante quitarse el peso del ego, del yo! Disculpen, señores, me temo que la cultura está herida de muerte, siento hablarles con este tono, pero, sin cultura, no somos nada. Dicen que primero queman los libros y después las personas, creo que es una exageración, de todos modos, de ser cierto, espero que Dios nos pille confesados o, al menos, de camino a la sección de libros prohibidos. Una vez más, Sapere aude! Muchas gracias.


[1] https://www.cscprovidence.ca

[2] “Se han retirado 155 obras diferentes, 152 han sido autorizadas a permanecer en su lugar y 193 están actualmente en evaluación. Un total de 4.716 libros fueron retirados de las bibliotecas de la junta escolar en 30 escuelas, un promedio de 157 libros por escuela” (https://ici.radio-canada.ca/nouvelle/1817537/livres-autochtones-bibliotheques-ecoles-tintin-asterix-ontario-canada)

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