Incorrección política
El sostén enraizado de la memoria. Feliz Día de Todos los Santos

Comienza noviembre como si de un tiempo nuevo se tratara, un tiempo en el que las hojas caen, el reloj mueve sus manillas, el frío empieza a colarse por las rendijas de las ventanas, que ya apenas dejamos abiertas, invadiendo sin permiso ni clemencia cada rincón de la casa. Nuestro pensamiento vuela como las aves migratorias que baten sus alas sin descanso marchando a lugares más cálidos y amigables. Noviembre se presenta como cada año cargado de esa nostalgia propia de una estación miserablemente evocadora y sugerente para un pensamiento que no quiere dormir, que desea mezclarse entre las hojas otoñales vistiendo un manto colorido que lo envuelva y lleve a otro lugar.

Una de las cosas que trae noviembre es una festividad un tanto melancólica, pero necesaria para toda civilización que se precie. El día de Todos los Santos, el día en que los cementerios comienzan a florecer sabiendo que noviembre ha llegado, que es tiempo de grises y de claroscuros, de lluvia y de memoria.

Como suele ocurrir en estos casos, la casualidad ha sido la culpable de que un día tan absolutamente único como es el primero de noviembre se hayan cruzado en mi camino dos invitaciones al recuerdo. Una de ellas en forma de fotografía y la otra de palabra. Una combinación que, si bien extraña en cualquier otro momento, era propia de aquel día y de aquella hora. 

Una y otra venían a recordarme lo mismo, un pensamiento sumamente humano y anodino que nos persigue pese a que ahora nos consideremos hombres modernos y cabales, hijos de la ilustración y sus luces, pese a que el mito y sus encantos hayan quedado rezagados y reservados a aquéllos que no contaban con la ciencia, que desconocían el método y sus designios, aquéllos que carecían de historia. Un pensamiento que tiene que ver con la injusticia, con el tiempo, con la finitud. 

Esta imagen, cuyo autor desconozco, podría haber pasado como una imagen más ante mi mirada, y seguramente cualquier otro día así hubiera sido, pero era el día de Todos los Santos y en mi mente revoloteaban tintineantes los recuerdos felices con los fantasmas del pasado.

Los que piensan que la festividad del uno de noviembre está reservada únicamente para los creyentes creo que andan muy errados. El día de Todos los Santos es una festividad para todo aquel que se sienta simplemente humano y que sienta en sus entrañas la necesidad de repetir una y otra vez «os quiero, os quise, os querré». Y es de esa necesidad de dónde nace esa vida que seguimos dándole a los muertos, esa necesidad sostiene firmemente el árbol que, de otro modo, hubiera fenecido como otros antes que él. Ese llanto inconsolable del amor lejano les trae de nuevo a la existencia, es en el recuerdo que nos acompañan. Y viceversa. No sabemos si somos nosotros, simples mortales, el árbol que les da vida, o son ellos los que nos despiertan a la finitud de la existencia. Tal vez sea un poco de las dos cosas y tal vez eso esté bien.

Las palabras a las que me refería son de Anaximandro de Mileto o, mejor dicho, de Simplicio pues es él quien las recoge. Cabe advertir a todo intrépido aventurero del pensar, que el murmuro de Anaximandro, por su obscuridad y misterio, cala hasta los huesos y hiere la certidumbre de aquél que intenta penetrar en el sentido de cada una de sus palabras buscando la traducción perfecta y precisa. Es vano, su sentido se nos escapa, están hechas desde un tiempo y para un tiempo que no es el nuestro y sin embargo en el que nuestra alma habita.

Aquellas cosas de donde tienen los seres su nacimiento son las mismas en donde perecen según lo necesario; pues se dan unos a otros justicia y retribución de la injusticia según la disposición del tiempo. Así lo dice, con palabras más bien propias de la poesía.

Simplicio

La injusticia cometida que el tiempo retribuye. A veces no somos conscientes de que nuestro paso por la existencia supone la no existencia de otro paso. Que las hojas que caen en otoño dan paso a otras hojas que de no ser por la muerte de aquéllas no hubieran podido brotar. Es la vieja historia de la justicia y la injusticia del devenir. Es la vieja historia de la exigua condición humana cuyo transitar irrumpe y ocupa un lugar en el tiempo y el espacio, un tiempo y un espacio sórdidos que impiden, no sin algo de petulancia y alarde, que otro ocupe su lugar.

Esta idea ha obsesionado al ser humano generación tras generación. Si bien no es momento de ponerse exquisitos con la hermenéutica, una cosa es clara para aquel que quede atrapado por las palabras de Anaximandro: nos impele a actuar, a dar la talla, a no dejar que el tiempo pase y nos atraviese sin hacer justicia a los que no están, pero estuvieron, y a los que no están, pero podrían haber estado.

En días como el uno de noviembre pienso ingenuamente, neciamente quizá, que es simplemente un deber moral hacer de nuestra vida, no ya algo extraordinario como diría el poeta, pero cuanto menos no despilfarrado y malogrado por la dejadez de quien no quiere vivir, de quien se ha rendido a la dejadez de dejarse arrastrar sin ser consciente de la rigurosidad titánica de Cronos. 

Pensar en los muertos nos lleva a pensar en la vida, en ese recorte temporal, en esa prórroga que nunca se nos concede. No están, pero es que nosotros tampoco estaremos y todos queremos permanecer a través del recuerdo gracias a un árbol que tiene sus raíces clavadas firmemente en la existencia y que nos mantiene vivos algo más de tiempo. No podemos flaquear en nuestra tarea. No perder el vigor que sirve de sostén a la memoria sería una bella lección que extraer de un primero de noviembre, esa estación lacónica y sincera. Respetemos los muertos, honremos su recuerdo y no hagamos injusticia pues, no hay escapatoria, pereceremos según lo necesario. Feliz noviembre a todos.

Soy feliz
Soy un hombre feliz
Y quiero que me perdonen
Por este día
Los muertos de mi felicidad

Silvio Rodríguez

This Post Has 2 Comments

  1. Estupenda reflexión sobre el transcurrir del tiempo. La reflexión me ha recordado esos magníficos bodegones de Sanchez Cotan verdaderos «memento moris».

    1. Muchas gracias por leerlo y sus hermosas palabras. Efectivamente, Virgilio ya nos advirtió de la urgencia que imprime en la existencia ese impenetrable tempus fugit. ¡Ojalá que los años venideros, así como los anteriores, no pasen en balde! Un abrazo y Sapere aude!

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