Incorrección política
En-marcados. El tratamiento de la vacunación en los medios de comunicación.

Cuestión de perspectiva

Hagamos un experimento, vean cuán ágiles son al responder estas preguntas ya se trate de una imagen o de la siguiente:

¿Está usted de acuerdo con que se legisle para permitir la adopción por parte de parejas homosexuales?

¿Contrataría a este caballero que lleva viviendo quince años en la indigencia? 

¿Pagaría 150€ por escuchar a este violinista?

¿Haría cola y pagaría una entrada por ver esta obra?

He tratado de recoger de una manera un tanto aleatoria algunas imágenes que revelan cuán importante es el marco en el que se fraguan las más cotidianas de nuestras visiones. Los marcos (framing para los más “modernos”)

son estructuras mentales que moldean nuestra visión del mundo (…). No se ven ni se oyen. Forman parte de lo que los científicos llaman el «inconsciente cognitivo»; se trata de estructuras de nuestro cerebro a las que no podemos acceder de manera consciente, pero que conocemos a través de sus consecuencias: la forma en que razonamos y lo que consideramos sentido común. (…) Redefinir el marco significa cambiar el modo en que el público ve el mundo. Es cambiar lo que se considera sentido común.

George Lakoff. No pienses en un elefante.

Evidentemente, todos convendremos en que, si consideramos la adopción por parte de parejas homosexuales como un derecho que ha de ser reconocido en la legislación, lo consideramos igual de fundamental ya nos muestren una fotografía del día del Orgullo Gay o de una familia sonriente y feliz. De un modo no muy diferente, la validez de un trabajador no se mide fundamentalmente por lo desaliñado de su barba o la suciedad de sus harapos. El Stradivarius de tres millones de Joshua Bell hará maravillas tanto en el metro de Washington como sobre el escenario de la Ópera de Viena. Y, una obra de Gavin Turk lo será igualmente en el recinto de un museo o en medio de una calle quejumbrosa y sin nombre. ¿O no?

Viéndolo con perspectiva, la razonabilidad se impone y somos capaces incluso de esbozar una pequeña sonrisa ante lo ingenuos que podemos llegar a ser en un primer encontronazo con el entorno. Suponemos que la realidad sólo es una, y si esto ya de por sí daría para acérrimos seminarios de física y metafísica, desde luego, no hay duda de que las perspectivas son tan múltiples, variadas y frágiles que nos sorprendería saber cuán poca pericia hace falta para manipular y dirigir nuestra manera de ver el mundo[1].

Una cosa es clara, nuestras representaciones están enclaustradas, lo queramos o no, en universos simbólicos sumamente complejos que escapan a nuestro control. Los términos que determinan la razonabilidad de lo que se nos presenta no los marcamos nosotros, si bien vivimos muy cómodamente dentro de sus parámetros que distinguen lo visible de lo invisible. El inconsciente nos traslada por los surcos apacibles de lo pre-visible. 

Una vez más, creernos dueños y señores ya no sólo de nuestros pensamientos, ni siquiera de nuestras creencias, mucho menos de nuestros sentimientos, sino de la más simple y llana visión es absolutamente fantasioso. Y la cuestión recae nuevamente en ese obligado ejercicio de crítica y cuestionamiento constante hasta en aquello en lo que hemos puesto nuestro corazón, nuestras entrañas, nuestra vida. Sobre todo eso es lo que debe ser cuestionado. Y no se equivoquen, cuando hablo de cuestionamiento hablo de una observancia paciente y distante, no fría pero sólo comprometida con la verdad (siendo esta misma voluntad de verdad en sí misma construida al margen de nuestra voluntad y digna de cuestionamiento). 

Ante nuestra limitación más que humana por acercarnos a una pureza que simplemente es irreal y falsa, cabe imponer de un modo forzoso e incluso masoquista y destructivo la cabezonería de cuestionar y cuestionarnos. Y tal crítica hiperbólica no ha de llevar ni mucho menos a renunciar a aquello que es objeto de observación. Una vez que ha sido evaluado, una vez ha sido aclarado su origen, sus determinaciones, cuando se han delimitado sus contornos y se ha escudriñado a qué intereses responde y en qué dirección apunta, es perfectamente posible que lo aceptemos e integremos en nuestra cartografía mundana. ¿Por qué no? 

Podemos admitir que no existe un fundamento último (o al menos que no lo hemos encontrado) y al mismo tiempo comprometernos desde nuestra finitud con la idea de la igualdad entre hombres y mujeres o con la idea de la justicia entre pobres y ricos. Apelaremos a fundamentos de segundo orden como la utilidad, la educación o la sociabilidad y podrán ser perfectamente válidos y coherentes. La duda no tiene porqué aniquilar el compromiso sincero con las realidades que conforman nuestro mundo. Con alguna cosmovisión habremos de comprometernos, algún lenguaje tendremos que hablar, algún marco ha de circunscribir nuestro mapa. Pero eso viene después, después de ese bárbaro ejercicio del pensamiento contra sí mismo, de deshacer el telar en plena noche a la espera de Ulises.

«Lo niego todo, incluso la verdad»

Volviendo a nuestro día a día cotidiano, resultan incontables los ejemplos en los que descubrimos nuestra subjetividad dirigida por terceros a la hora de elaborar nuestras consideraciones. Un ejemplo llamativo del que quisiera hablar a continuación afecta a una cuestión tan sensible, que me resulta desagradable comprobar de qué manera tan espuria y tampoco meritoria se está jugando con ella. Me refiero al marco en el que se está presentando la vacunación desde los generadores de opinión pública. 

Si bien puede entreverse por mis declaraciones, voy a evitar dar mi opinión sobre la decisión de cada cual de sí debe o no vacunarse, sería un ultraje hacerlo pues, además de que carezco de la formación precisa, el debate que en este artículo pretendo plantear queda muy lejos de lo que particularmente unos u otros podamos pensar acerca de las bondades o las maldades de la vacunación. Y esto es algo que me gustaría dejar bien claro desde este momento, hoy sólo quisiera hablar de comunicación y de honestidad informativa. 

Una vez dicho esto, creo que dirigirse a aquellas personas que han decidido, por los motivos que fueren, motivos que además desconocemos, no vacunarse como negacionistas es simplemente terrible. A nadie se le escapa que con tal término se les está asociando, enmarcando, junto a aquellos que se atrevían a negar el Holocausto. Pero no sólo es un crimen moral, es un crimen intelectual, una traición a la verdad. Las razones que llevan a una persona a decidir no vacunarse pueden ser múltiples, diversas y un enjuiciamiento prematuro que categoriza a todo un grupo de población juzgándolo en términos tales que promueven el oprobio social y su rechazo, en mi modesta opinión, no tiene un pase. Sobre todo si se hace desde las instituciones y ámbitos del poder.

Si bien jurídicamente es muy complicado y cabría abrir un debate en términos de derechos y libertades fundamentales, sería posible modificar la legislación para no poner en riesgo a las personas que sí han decidido vacunarse. Podría estudiarse la manera de incentivar la vacunación y restringir el acceso a ciertos lugares a los no vacunados por cuestiones estrictamente sanitarias. Pero lo que no es de recibo, a mi entender, es que no se legisle y que, a los ciudadanos, que actúan de acuerdo con la ley vigente, se les responsabilice individualmente de la manera más vasta y cuestionable. Y, aún si hubiera una legislación que estuvieran incumpliendo, me parecería fuera de lugar dirigirse a ellos como negacionistas. 

Una de las razones que me llevan a ser tan tajante en este asunto es que el otro día leí lo que efectivamente sospechaba y creo que sospechábamos todos desde hace tiempo, pues si bien se nos ha retratado a quienes han decidido no vacunarse como una banda de irresponsables, ultraderechistas, conspiranoicos o simplemente vagos, en su mayoría son personas que tienen miedo. Las encuestas apuntan a que los que no creen en la eficacia de las vacunas o en la gravedad del coronavirus, incluso aquellos que consideran que tienen pocas probabilidades de contagiarse, son los menos. Alrededor del 70% de la población no vacunada, excluyendo a los niños, lo hace por el más humano y abigarrado de los sentimientos: miedo[2].

Podríamos considerar que no es razón suficiente como para, según parece, poner en riesgo la salud de terceros y la economía y estabilidad de un país. Bien, pero, convendrán conmigo, que una persona que tiene miedo de vacunarse y, seamos sinceros, tiene razones para tener miedo, no merece un trato por parte de la comunidad que lo enmarque y lo asfixie como un desecho moral. Una persona que se deja llevar por el pánico no es un negacionista y tacharlo de tal es faltar a la verdad y al más mínimo decoro.

Finalizo este artículo con esta reflexión porque me parece importante, más aún en tiempos como los que nos ha tocado vivir en los que los populismos y las medias verdades corren a la rapidez intrépida de la red acelerada que es internet, seguir reflexionando. El término negacionista no es inocente, no es baladí, ni siquiera es certero, pero sobre todo es que no ayuda en nada. Si se han de tomar medidas legislativas, que se tomen. Pero llevar al ostracismo desde las mismas instituciones a ciudadanos que no están incumpliendo ninguna norma y que simplemente tienen miedo e invitar a los vacunados a hacerlo, creo que raya lo absurdo. Siento decirles que portadas de periódico como las que siguen responden a un framing que debiera hacernos plantear muchas cosas. 

Siguiendo con el experimento que planteé al principio, terminaré presentándoles dos fotografías, póngales ustedes el titular que estimen oportuno.

Ante la duda, duden. Sapere aude! 


[1] Quisiera advertir que cuando hablo de manipulación y de dirección, no me refiero a la maldad, hablar de estas cuestiones en términos de bueno o malo, a mi entender, es una manera reduccionista de afrontar la cuestión, un síntoma de pereza intelectual del que se niega a indagar sobre los posibles intereses que puede llevar a alguien a dibujar un marco u otro a la hora de presentar al mundo “la” realidad.

[2] https://www.elconfidencial.com/espana/2021-12-15/vacunacion-vacunas-covid-encuesta_3341674/;https://www.niusdiario.es/sociedad/sanidad/encuesta-isciii-quienes-no-quieren-vacunar-covid-antivacunas-quejan-falta-informacion-transparencia_18_3251073433.html

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  1. Del enlace el El Confidencial que citas:

    «Más del 70% de las personas no vacunadas en España considera que las vacunas contra el covid-19 no son seguras, y la mitad cree que son malas para la salud o tienen miedo a sus efectos.»

    En el segundo enlace al medio «nius»:
    «Ese 60% que insiste en no vacunarse no son antivacunas, sino que tienen miedo a esa tecnología del ARNm y miedo a sus efectos secundarios. Pero es miedo y desconfianza.»

    Lo que te leo arriba:
    «Alrededor del 70% de la población no vacunada, excluyendo a los niños, lo hace por el más humano y abigarrado de los sentimientos: miedo»

    Sin embargo, si vamos al cuadro de barras de El Confidencial, vemos que el campo «Miedo a los efectos secundarios» de la pregunta multirrespuesta «Motivos para no ponerse la vacuna contra el covid-19» únicamente es de un 5,4%.

    1. Tiene usted toda la razón. El artículo de El Confidencial que menciona dice:

      «La idea de que las vacunas se desarrollaron demasiado rápido y que por eso aún no hay certezas sobre su seguridad es uno de los motivos más repetidos entre aquellos que aún no se han vacunado».

      Precisamente este motivo lo esgrimieron el 71,9% de los encuestados. Sin embargo, en mi opinión, creo que podemos convenir que este enunciado responde a un sentimiento de desconfianza y temor que es, al fin y al cabo, lo que quería transmitir en el artículo.

      Muchas gracias por leerlo y comentar. Un saludo y sapere aude!

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