Incorrección política
Vulneración del derecho de desinformación. Sputnik y RussiaToday censu…

Metralla mediática

Estados Unidos podría estar entrenando a grupos neonazis en Ucrania.

Josep Borrell, dejó claro este martes a Rusia que la UE no va a «cambiar derechos humanos por su gas».

Argelia ofrece más gas a la UE a través del gasoducto con Italia y no por los disponibles con España.

En su informe, Amnistía Internacional, ha asegurado que la crisis de salud de la covid-19 ha agravado las violaciones de derechos humanos (…) en Argelia.

El gran negocio de EEUU: vende el gas a Europa un 40% más caro que Rusia.

Rusia es expulsada por la FIFA del Mundial de Qatar 2022.

Empleos de casi 20 horas, siete días a la semana y a 50 grados: así han muerto 6.500 trabajadores en las obras del Mundial de Qatar. Exigen la intervención del presidente de la FIFA para que tome cartas en el asunto.

Los servicios de emergencia de Ucrania han informado de que más de 2.000 civiles han muerto en estos primeros siete días de invasión rusa.

“Cada día que pasa es peor, nuestra familia está totalmente sitiada y no podemos hacer nada”, explica, “solo rezar”.

Bótox y ácido hialurónico, el armamento de belleza de Putin.

Rusia acusa a EEUU de llevar a cabo una “campaña de desinformación a gran escala”.

Bruselas decide cerrar el espacio aéreo a Rusia y prohibir la emisión de RT y Sputnik en la UE.

Siento haberles bombardeado, valga la redundancia, con esta metralla cargada de ciertas palabras y medias verdades. Lamento mucho haberles importunado con artillería en forma de titular y declaraciones hueras. Espero que el café no se les atragante ante tanta letra reunida en una u otra dirección. Les he presentado a traición retales desgarbados del laberíntico inframundo de la propaganda mediática, de la prensa servida a tiempo y a destiempo, de la última hora que hace de tripas corazón. El llanto de la víctima, el sudor del héroe, la risa del villano. Trayectorias encontradas en un campo de batalla que gira al ritmo de las rotativas de los periódicos. Telediarios que abren con la tremebunda realidad que nos acecha, una realidad contada por unos, silenciada por otros, silenciada por unos, contada por otros. ¿Quién tiene la verdad? Más aún, ¿quién quiere la verdad? Los civiles lloran a sus muertos, los soldados recogen los cadáveres del campo de batalla, Putin reclama lo que Biden no quiere dar, Biden pide lo que Putin le niega. Hay gas, hay dinero, hay personas, hay metralla, hay humo, hay información, hay bots, hay hackers, hay pobreza, hay muertes, hay sangre, hay sirenas, hay miseria, hay llanto, hay espectáculo, hay guerra, hay invasión, hay nazis, hay comunistas, hay sociópatas, hay refugiados, hay ruinas.

¡Paren las rotativas!

Todos somos conscientes hasta qué punto las guerras se dirimen en los campos de batalla, en los despachos presidenciales y, lo crean o no, en los salones de las casas de los ciudadanos. La comunicación es una pieza clave en todo enfrentamiento bélico. Milimétricamente cuidada en la Rusia de Stalin, en la Alemania de Hitler, cada palabra del discurso de Churchill o de Gaulle pensada y debatida hasta conformar un edificio dialéctico sólido y eficaz. Alentar a las masas, dar ánimo al ejército, comunicarse con el enemigo, ganar el relato ante la comunidad internacional. Todo cuenta. Cada editorial de cada periódico, cada portada de tirada internacional, cada telediario, tertulia o entrevista, todo absolutamente todo cuenta y puede inclinar la balanza a uno u otro lado.

Esta semana se tomó una decisión en ese sentido, Ursula von der Leyen anunció en el Parlamento europeo que se prohibiría emitir a las agencias de información Sputnik y Russia Today en los países miembros de la Unión Europea. Estos dos medios de información al servicio del Kremlin estarían difundiendo noticias falsas, emitiendo bulos en prime time sobre lo ocurrido en Ucrania, favoreciendo los intereses de Putin y manipulando la opinión pública.

En estos tiempos de guerra, las palabras importan. Estamos asistiendo a una propaganda y desinformación masivas sobre este escandaloso ataque a un país libre e independiente. No dejaremos que los apologistas del Kremlin viertan sus tóxicas mentiras justificando la guerra de Putin ni que siembren la semilla de la división en nuestra Unión.

Apagón informativo. Ya no se emiten. No hay nada que ver. Silencio.

Curiosa decisión en una Unión que se dice defender los valores democráticos entre los que se encuentra la libertad de expresión, de prensa y el derecho de la ciudadanía a ser informada[1]. Curiosa decisión que invita a pensar que los medios de tirada nacional son mucho más objetivos que los ubicados en Rusia. Curiosa decisión que nos invita a consumir sólo un relato. Curiosa decisión que nos invita a dejar de pensar y sólo deglutir acríticamente la comunicación dirigida y controlada desde los gobiernos occidentales. Curiosa decisión de los adalides de la libertad que prohíben, censuran, limitan.

Desde luego, el Kremlin tiene su propaganda, desde luego, emplea los medios de comunicación para difundir su versión de los hechos, desde luego, son parte interesada de esta trágica realidad. No menos cierto es que los medios españoles, franceses, británicos, ya no diremos estadounidenses, están tan ideológicamente alineados a ciertos intereses como los rusos. No nos engañemos. Cada programa que abre con una lacrimógena declaración de tanta tragedia envuelta en la bandera ucraniana, no dedica ni un instante a las víctimas en Yemen o la República del Congo, por ejemplo. No me malinterpreten, he de decirlo: condeno sin ambajes la invasión de Rusia a Ucrania, no tengo dudas, hay que estar con las víctimas de esta masacre y ayudar aquellos que han logrado salir de un país que está siendo bombardeado. Una vez dicho esto, considero un atropello injustificado para los que se dicen defensores de los derechos humanos el cierre o la prohibición de la emisión de cadenas rusas en suelo europeo.

Por un lado, convendrán conmigo en que la decisión es cuanto menos paradigmática teniendo en cuenta que la cuota de emisión de estas dos cadenas contaba con un número irrisorio de lectores o consumidores. Aquellos que lo hacían, en su mayoría simpatizantes con el régimen ruso, no dejarán de acudir a estas mismas fuentes, todos sabemos que hoy día en Internet es muy fácil esquivar este tipo de sanciones y, de los que no habían oído hablar de estas dos emisoras, muchos llevados por el morbo y la curiosidad indagarán en la red hasta encontrar de nuevo esta información. Además, ¿no es crucial en un enfrentamiento bélico ser conocedor de lo que dice y promociona el enemigo?

Ahora bien, lo más indignante de todo es que se nos prive a la ciudadanía de unos medios por mucho que puedan estar siendo manipulados (como los demás),  proyectando sobre la imagen pública una idea distorsionada de lo que está ocurriendo. En la responsabilidad de cada lector está la de interpretar lo leído, hacerse una composición crítica de lugar. Esa responsabilidad puede ser o no ejercida, pero recae sobre sus espaldas. Ningún Gobierno, a no ser que se vea obligado a tomar medidas no democráticas por un motivo férreo y, en ese caso, deberá reconocer públicamente que tales medidas no son democráticas, aunque hayan de ser tomadas por causa mayor, está legitimado para decidir qué información consume el ciudadano o no. Si una persona quiere engañarse está en su perfecto derecho de hacerlo. Dar a entender que la información verdadera está únicamente en ciertos medios, sí que es desinformar. Nadie transmite nada más que su verdad y tenemos derecho a escoger qué relato nos interesa más creernos, todos tienen algo de veraz y algo de constructo, unos más y otros menos, cierto, pero confiarse ciegamente al manido “estos son los datos y suyas son las conclusiones” es más peligroso si cabe que ir ojo avizor a todas las informaciones e incluso a nuestras propias convicciones (las más embusteras, si cabe). Cualquiera que haya leído un mínimo de historia de la ciencia sabe cuan poco objetiva es la objetividad.

Con todo, en mi papel de ciudadana, pido a las autoridades que se nos deje escoger por qué medio nos (des)informamos, hasta qué punto nos engañamos, de qué manera ejercemos el pensamiento crítico. Exijo a las autoridades que se dejen de medias tintas y que si han tomado una decisión antidemocrática por el hecho de que estamos en guerra, que tengan el coraje de anunciarlo con tales palabras: por seguridad nacional, por el riesgo que supone emplear la artillería del enemigo y generar bulos que pudieran poner en peligro las operaciones militares, nos vemos obligados a cerrar tales medios vulnerando los derechos fundamentales de los ciudadanos. Lo que no es de recibo, y disculpen que así me exprese, es que todo se envuelva con el manido argumento de los derechos humanos y un fundamentalismo democrático que huele a rancio mientras se nos está amortajando. No se puede apelar a la libertad para defender al pueblo ucraniano y a su vez coartar la libertad de la población. Y si se hace, ha de denunciarse.

Jugada maestra, sin duda. Primero extraen de las aulas aquellas materias que pueden poner en funcionamiento el cerebro para ordenar la diferente información que llega de un lado u otro y las diferentes materias que nos podrían permitir hacernos una composición de lugar. Primero nos hacen estúpidos. Sin conciencia del esfuerzo, sin bagaje, sin criterio. Y después se acogen a esa evidente estupidez aborregada y multiplicada hasta la extenuación como argumento innegable de que es necesario suministrar la información en dosis justas, precisas y controladas. Su plan no tiene fisuras. Sacan la filosofía de las aulas y nos meten demagogia en la televisión.

Dicen que en la guerra la primera en morir es la verdad. No estoy de acuerdo. Precisamente en la guerra lo que proliferan por doquier son las verdades, las verdades del bando ucraniano, las del bando ruso, de la Unión Europea, de la OTAN, de Estados Unidos, de la madre del niño muerto, del refugiado que no sabe a dónde ir, de la familia que desconoce si volverá algún día a su casa, del reportero que fotografía a los recién casados que se abrazan temblorosos en el metro durante los bombardeos, del joven soldado que lleva entre sus manos un fusil por primera vez, del trabajador gaditano que no sabe cómo pagará lo que debe y afrontará la subida de precios, tantas verdades se multiplican en la guerra, tantas palabras, tantas letras, tantos titulares. No, es al revés, señores, lo que muere en la guerra es la mentira. La que fenece en los escombros es la mentira, la falsa tranquilidad de la política bonita y los cantos de sirena. Lo que muere en la guerra es la mentira que vive de espaldas a la geopolítica, a los bloques estratégicos, a un mundo unipolar que fenece y a otro multipolar que emerge. Lo que muere en la guerra es la mentira de la democracia sin coste, de una paz mundial impostada a golpe de cañonazos en los lugares más inhóspitos y alejados. Lo que muere en la guerra es la mentira de la plañidera charlatana y las buenas intenciones. Pero sobre todo lo que muere en la guerra son las personas. Hoy los ríos de sangre se mezclan con la tinta negra de las imprentas.

 ¡Arranquen de nuevo las rotativas, aún hay mucho que contar…!


[1] Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión (art. 19 Declaración Universal de los Derechos Humanos).

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