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Cuidar(nos): el eco silencioso en un mundo ruidoso

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Recientemente, me conmovió profundamente una reflexión que escuché. Ocurrió durante una intervención de Íñigo Errejón en los medios de comunicación, en la cual abordó la necesidad de establecer el permiso de acompañamiento para personas con riesgo de suicidio. Como es conocido, Más País ha asumido el liderazgo en temas de salud mental y ha generado un debate crucial en la sociedad. Sin embargo, lo que me impactó de su discurso no fue tanto la mención del derecho a recibir cuidado, como del derecho a cuidar.

El derecho a cuidar, un postulado que, a pesar de su aparente sentimentalismo o anacronismo, representa una demanda legítima y esencial que trasciende la noción de derecho innato, pues no suscribo la creencia en derechos naturales. Más bien, este mandato debería manifestarse como una verdad incuestionable y patente en nuestra existencia diaria, permeada por la tecnología, sustancias nocivas, elementos disruptivos, estrés, tóxicos, iluminación, ruido, ruido, sobre todo, el omnipresente ruido.

Desde tiempos inmemoriales, la filosofía ha explorado el enigma de la naturaleza humana y su conexión con el entorno social. Los antiguos griegos concebían la polis, o ciudad-estado, como el espacio donde el ser humano hallaba su auténtica esencia, definiéndolo como un animal político, destinado a la vida comunitaria y a la participación activa en la vida pública. Durante la Edad Media, la filosofía cristiana centró su atención en la comunidad religiosa, donde los creyentes encontraban su sentido de pertenencia y su propósito en el mundo. La modernidad trajo consigo una filosofía política que promovía el individualismo, la libertad y los derechos del individuo.

De ahí que en la actualidad nos encontremos inmersos en una sociedad dominada por el individualismo, donde parecemos condenados a vivir como mónadas, distanciados de nuestros congéneres. A menudo, nos mostramos indiferentes ante la idea de que nuestra «naturaleza» (desde una perspectiva evolutiva) va por otros derroteros. En lugar de cuidar del prójimo, nos enfocamos en nosotros mismos, atendiendo a nuestras necesidades y deseos inmediatos, en una búsqueda constante de la siguiente dosis de dopamina. Con nuestros dispositivos móviles siempre encendidos y cargadores a mano, aseguramos nuestro aislamiento y condenamos a muerte al zoon politikon.

Nos aferramos a la idea de que la felicidad se encuentra en la última novedad, en el último centro comercial de moda con WiFi gratuito y luces brillantes. No obstante, hay algo en nuestro interior, algo que emerge a través de nuestros poros, recordándonos que existe más en la vida que la búsqueda incesante de la satisfacción personal y el anhelo falso de un cerebro mal educado. Hay “algo” en nosotros que nos habla sobre la relevancia de cuidar a los demás, no porque seamos personas «buenas», altruistas, empáticas o generosas, sino porque, contrario a lo que podría parecer en un principio, nuestro “ser” más profundo, interno y personal se encuentra en el exterior.

Este «algo» que nos habita es nuestro ser social, esa parte de nosotros que nos conecta con los demás, que nos recuerda que somos parte de algo más grande que nosotros mismos, que, en última instancia, no nos pertenecemos. Y aunque este ser social a menudo se encuentra eclipsado por la cultura del neoliberalismo y el capitalismo desenfrenado que nos rodea, sigue latente en nuestro interior, esperando ser liberado.

El derecho a cuidar es una expresión de este ser social. Este derecho nos recuerda cuan poco individual es el individuo, cuan poco autónomo el sujeto, cuan poco independiente el hombre moderno. La farsa del hypokeimenon sale a la luz cuando descubrimos que estando con otros es cuando realmente existimos.

En resumen, el derecho a cuidar es una llamada a la “humanidad”, pese a que sea un concepto infundado y frágil, una invitación a reconocer no sólo que todos necesitamos cuidado en algún momento, sino que, al ofrecerlo, somos más “puramente”, si me permiten este esencialismo, lo que “somos”. Es en el exterior cuando estamos dentro, es fuera donde “somos”. Y esto que suena políticamente correcto es lo más provocador y sugerente que he escuchado en mucho tiempo en el ruido de la política. Hoy, que tocaría hablar del bribón y de su barco, de la precampaña y sus exhumaciones, de sumas que restan, de restas que suman, he venido a ser incorrecta y en eso estamos.

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