El laberinto abismal de la libertad. Una reflexión sobre el encuentro entre Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger en Baviera (2004)

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¿Se apagaron las luces del proyecto ilustrado?

A decir verdad, hemos llegado al extremo de considerar la «Vida real» como una carga pesada, casi como una servidumbre, y todos estamos íntimamente de acuerdo en que la vida resulta mucho mejor en los libros. ¿Y por qué andamos tan a menudo escarbando por ahí, por qué tantos antojos, qué es lo que queremos? Ni nosotros mismos lo sabemos. Y sería todavía peor para nosotros si nuestros estúpidos caprichos fueran satisfechos. Y si no, prueben ustedes, dennos, por ejemplo, más independencia, desaten las manos de cualquiera de nosotros, ensanchen nuestro campo de acción, relajen nuestra disciplina, y nosotros… les aseguro, sí, que al momento rogaríamos que se nos impusiera de nuevo esa disciplina.[1]

Lo que radica en el fondo de las palabras de Dostoyevski en este fragmento podría considerarse como una de las paradojas centrales del núcleo de la condición humana moderna que la acechan infatigablemente. Las catástrofes, que salen al paso una y otra vez, hacen tambalear la libertad moderna haciendo entrever la nada que la funda. Es entonces cuando las palabras del hombre del subsuelo cobran todo su sentido. La inseguridad y la nostalgia se siguen del surgimiento del sujeto moderno, un sujeto que, aplacado por la angustia, se ve en el centro de la existencia sostenido por la nada, el vacío, el no-ser. Ya no hay Dios, ya no hay sostén, ya no hay descanso.

A esta anonadadora condición cabe sumar que los principios que sustentan la modernidad –principio de libertad y principio democrático– hoy parecen ser puestos en cuestión por un constante desbordamiento que, ciertamente, acompañó al proceso de desencantamiento moderno desde sus orígenes. Un desbordamiento fruto de una libertad que trata de darse alcance a sí misma y una modernidad que ha de encontrar en sí su fundamento. De esta suerte, no son pocas las corrientes filosóficas que hoy, ante las problemáticas que la modernidad ha dejado sin resolver –sumadas a las que de por sí genera–, han salido a la palestra para denunciar los males de una tiránica razón ilustrada y el fracaso de una modernidad liberadora. El proyecto moderno estaría llegando a su fin, es el anuncio del final de la jaula de hierro en que la sociedad moderna se ha convertido.

En este contexto de posmodernismos e hipermodernismos, se atisba el posible advenimiento del relativismo y del escepticismo unidos a una taciturna nostalgia que implora el retorno a un orden de tipo mítico y pre-moderno. Advertimos, así, una suerte de regreso de lo religioso que la razón ilustrada había pretendido dejar atrás. Lo que estas corrientes vendrían a buscar en lo trascendente es precisamente la salvación frente a una modernidad descarrilada.

 

¿Una política postmetafísica es posible?

Estas y otras cuestiones fueron planteadas en el marco de la discusión que mantuvieron Jürgen Habermas y Joseph Ratzinger en enero de 2004 en la Academia Católica de Baviera. Habermas lo tenía claro: ahora que “la imagen religiosa del mundo, antes vinculante”, ha quedado descompuesta en “convicciones subjetivas de tipo último” habiendo perdido el derecho “su dignidad metafísica y noinstrumentalizabilidad”[2], Habermas considera como una tarea ineludible construir una teoría política sobre los principios de su teoría comunicativa para alcanzar una justificación de la democracia deliberativa en la modernidad. Para el autor, el poder legitimador del derecho ya no apela al orden trascendente propio de la religión, sino que ha de recaer en el poder comunicativo que nace del procedimiento en que cristalizan el acuerdo y el consenso en el espacio de lo público. De esta manera quedarían resueltos tanto el “aspecto cognitivo” como el “aspecto motivacional” pues, en virtud de su dinámica política y del procedimiento democrático, el Estado liberal está plenamente capacitado para extraer de sí mismo la fuerza motivacional que requieren los ciudadanos en tanto que colegisladores democráticos y, si esto fuera insuficiente, el patriotismo constitucional hace surgir la solidaridad entre los ciudadanos sin tener que recurrir a fuentes religiosas.

Ahora bien, ¿qué ocurre una vez el proyecto ilustrado se ha visto desbordado por el proceso de globalización, por la ciencia, la técnica y el multiculturalismo?, ¿sigue teniendo poder motivacional el proyecto habermasiano?, ¿seguimos re-ligados, nos sentimos parte la vida en común? Actualmente vivimos en sociedades indudablemente complejas y desbordadas desde sus propios presupuestos. En medio de esta confusión se torna incuestionable el “desmoronamiento de la solidaridad ciudadana”. Los individuos modernos fluyen como “mónadas aisladas”[3] en una suerte de sálvese quien pueda. Los fundamentos y las bases de la modernidad se resquebrajan al no darse alcance –nunca se lo dieron–, al tener en sí su propio cercioramiento y tener que “extraer su normatividad de sí misma(s)”[4].

Ante una angustiosa situación de perpetua trascendencia, el sujeto moderno toma conciencia del vacío que lo atraviesa y de lo trágico de su condición. En sociedades cada vez más desmotivadas y en las que conviven personas que responden a doctrinas comprehensivas diversas, cabe preguntarse si es posible resolver la paradoja con una reformulación del deontologismo kantiano como la habermasiana que, en su construcción procedimentalista de la teoría de la acción comunicativa, remite a lo universal dejando, por este mismo motivo, a un hombre vacío de contenido –un contenido que nadie le puede dar pues ha de dárselo el mismo en tanto que absolutamente libre. Seguramente, como parece sospechar el propio autor, el patriotismo constitucional que propone no pueda dar respuesta al descarrilamiento de la modernidad ni a las problemáticas que surgen: una economía globalizada que excede los límites Estado-nación, un mundo tecnificado cuya representación es inabarcable para cualquier individuo o una integración social que no puede acoger al conjunto de la sociedad. Sea como fuere, lo que se nos presenta con esa desazón, con ese vacío existencial de los hombres libres, es una vuelta a la religión y a las preguntas metafísicas. Lo que salió por la puerta se agolpa infatigable ante la ventana.

 

¿Y qué tiene Ratzinger que decir a todo ello? ¿Qué tiene la religión que responder a esta laberíntica derivada? ¿Qué dirá el Santo Padre, Sumo Pontífice, el sucesor de Pedro, heredero del espíritu de Pablo? Quizá nos deje el único sonido que puede ensordecer a un alborotado sujeto moderno que siempre queda un poco más allá o más acá de sí mismo. Quizá solamente el silencio solemne que nos dejó su cuerpo inerte que se nos antoja como interrogante atronador y seguramente tal estruendo repique con más fuerza a los no creyentes, a los dubitativos, a los descreídos hijos de la modernidad entre los que inevitablemente me encuentro.

Después de todo, la religión tiene algo –sino mucho– que decir.

 

 

[1] DOSTOYEVSKI, F. Dostoyevski, (2012). Apuntes del subsuelo (1.a edición). Madrid: Alianza.

[2] HABERMAS, J., (2001), “Reconstrucción interna del derecho (I): el sistema de los derechos”. En: J. Habermas, Facticidad y validez. Sobre el derecho y el estado democrático de derecho en términos de teoría del discurso (3ª edición, pp.147-197). Madrid: Trotta.

[3] HABERMAS, J., & RATZINGER, J., (2005), “Las bases morales prepolíticas del Estado Liberal”. Pasajes: Revista de pensamiento contemporáneo (Nº18), pp.75-91.

[4] HABERMAS, (2008), “La modernidad: su conciencia del tiempo y su necesidad de autocercioramiento”. En: J. Habermas, El discurso filosófico de la modernidad (pp.11-22). Madrid: Katz.

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