La bajeza en la Cámara Alta y la Alteza en momentos bajos. Una reflexión sobre el debate en el Senado y la muerte de Isabel II

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Hoy no vengo a hacer proselitismo. No se me ocurriría, ni mucho menos, cantar las alabanzas de una monarquía con un pasado más que cuestionable. Juzgar tales pormenores no es lo que me interesa en estos momentos. Estamos en días de luto y es el respeto lo que ahora debe prevalecer. Sólo vengo a comparar dos imágenes que llegaron a nuestros hogares el mismo día y que, a mi juicio, dicen mucho de unos y poco de otros.

 

El pasado martes, como todos sabrán, los periodistas y expertos en comunicación estaban de suerte y así lo hicieron saber en sus columnas y contribuciones en tertulias televisivas. Había motivos para ello, pues se celebraba lo que sería de facto el primer encuentro cara a cara entre Sánchez y Feijóo. No importaba que tal encuentro debiera versar sobre energía, no importaba que se celebrase en la Cámara Alta y no en un plató de televisión y que, en consecuencia, debiera incluir al resto de representantes de los diferentes territorios y atender sus preguntas e interpelaciones. Y digo que no importaba porque, pese a su ubicación, no hubo altura en tal rifirrafe de improperios en los que ambos líderes se desenvolvieron. No hubo altura en los insultos, como tampoco la hubo en los lamentos quejumbrosos por los mismos. No hubo altura en las recriminaciones que no dan cuenta de una ciudadanía que vive con desasosiego lo que está por venir, o más bien, lo que podría estar por venir porque, como suele ocurrir, la incertidumbre causa más estragos que las certezas por desalentadoras que éstas puedan ser.

Disculpen que me exprese en estos términos, pero creo no ser la única que piensa que en la Cámara Alta asistimos a un espectáculo de bajeza por parte de los dos principales líderes políticos de este país, una exhibición que en otro tiempo pudiera resultar estimulante y entretenida para el espectador y que, sin embargo, hoy da pavor. El temor que uno en su sano juicio sentiría cuando voltea su mirada, observa el mapa, atisba el futuro que se agolpa a marchas forzadas, mientras escucha de los que tienen que aportar las soluciones: “en materia de medios de transporte ya sabemos que al señor Feijóo le gustan más los yates y los aviones privados”, “un dictador es una persona que manda sobre todo un pueblo: es evidente que usted no lo es porque usted no manda ni siquiera en su Gobierno”,“¿cómo es posible, señoría, que crea que yo le insulto?”, “en una misma frase es capaz de insultar y decir que no insulta. Dígame cuándo le he insultado”.

Podría seguir, pero quisiera hoy presentarles una reflexión breve y, si he de recoger todas las chiquilladas que se han proferido ambos, me vería obligada a sobrepasar con creces cualquier limitación de tiempo y paciencia. Evidentemente, se me podrá objetar que aquella tarde también se habló de medidas. Ciertamente, así como de posibles pactos que jamás prosperarán (renovación del CGPJ) o de gobiernos conjuntos cuya surrealista proposición hace sonrojar a cualquier persona con un mínimo de rigor y sensatez. Además, la valoración de un debate se determina por los titulares de prensa y los recortes en los informativos, lo demás es humo. Y basta con echar un vistazo a los medios para saber que lo que ocurrió en el Senado es que ha comenzado la campaña electoral en el peor momento posible (en medio de un contexto bélico, un escenario de inflación galopante y crisis energética) con mandatarios que no parecen dar la talla. Golpes muy bajos para la altura que exige un cargo.

 

Otra imagen, sin embargo, que contrasta claramente con la primera, nos llegó desde Escocia ese mismo día. Reino Unido atraviesa un momento políticamente determinante, un gran terremoto cuyas consecuencias son del todo imprevisibles. Liz Truss, a la que muchos se refieren como la ‘Nueva Dama de Hierro’, se ha hecho con las riendas del país al suceder a Johnson y convertirse automáticamente en la primera ministra. Si bien intenta emular a Margaret Thatcher en ideas, gestos y vestuario, sus vaivenes y propuestas, a mi parecer, se acercan más a un populismo recalcitrante con un racismo desvergonzado que al hayekenismo tatcheriano. Después de todo, como ministra de Exteriores del gobierno de Johnson, no tuvo remilgos en poner en marcha la medida según la cual los demandantes de asilo pueden ser deportados a Ruanda[1], medida por la que se ha visto obligado a intervenir el Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Sea como fuere, aunque con menos apoyos que sus predecesores, fue a Truss a la que escogieron los conservadores para ponerse a las riendas del partido y, por tanto, de Reino Unido. De modo que, volviendo a nuestro asunto, la imagen de la que les hablaba transcurre en Escocia y no es otra que la que retrata el besamanos entre la nueva primera ministra y la reina Isabel II. Como se anunció en las televisiones y medios, era la primera vez que un acto como aquel tenía lugar en el castillo de Balmoran y no en el Palacio de Buckhiman, pero así lo recomendaban los médicos de la reina por su estado de salud. De modo, que los focos se desplazaron raudos desde Londres hasta Balmoran.

 

 

 

La imagen que recibimos, por supuesto, minuciosamente revisada y preparada por el gabinete de comunicación de la Casa Real británica, fue la de una reina que, pese a no atravesar sus mejores momentos, sigue en pie. Una imagen de una “entrañable” Isabel II que en su senectud se dirige sonriente a la joven nueva primera ministra. Ambiente cálido, encuentro formal. Nada nuevo bajo el sol.

Como comentaba, evidentemente el ejercicio de propaganda que lleva a cabo la Casa Real británica es asombrosamente bueno y cumple fielmente con su cometido. Sin embargo, como venía apuntando, este artículo no pretende ser una evaluación ni valoración de esta institución. Me limitaré a un mero comentario en el que se comparan dos escenas que ocurrieron un mismo día. Si hacemos un ejercicio fenomenológico y, a modo husserliano, nos comprometemos en un acto de epojé, quizá podamos comprender a lo que me refiero. Lo que tenemos ante nosotros es una persona que ha renunciado precisamente a su humanidad para fundirse en el cargo que ostenta. Lo que tenemos ante nosotros es una mujer que, aunque evidentemente no lo sepa, en dos días morirá y lo hará cumpliendo con sus quehaceres. Es más, me atrevería a pensar que, aun sabiendo a ciencia cierta que en dos días iba a fenecer, acudiría puntualmente a la cita con su (seguramente fingida) sonrisa y estrecharía su mano a Truss.

Si Isabel II es un ejemplo de algo es precisamente de eso, de ser un ejemplo. La reina es un ejemplo de no ser nada más que lo que representa, que es mucho. Si algo puede rescatarse de esas imágenes que ahora mismo parecen venidas de ultratumba, es la estela de dignidad que desprende aquel que renuncia a sí mismo para convertirse en un símbolo. El acto sacrificial del monarca lo eleva, le da altura, le impide revolverse en el fango de las bajezas que denigrarían todo aquello que encarna.

Algunos periódicos se han fijado en un pequeño detalle que puede advertirse en la fotografía: la mano que aguarda en el aire a la espera de que la primera ministra replique el gesto, está algo amoratada. Los periodistas más minuciosos han señalado que muy probablemente se deba a una sonda y sostienen que por aquel momento los cuidados médicos a los que se estaría sometiendo la reina de Inglaterra ya deberían ser bastante premonitorios. No importó. No hay excusas. Hay agenda, hay un deber, hay una responsabilidad.

Con esto no quiero hacer una oda al sacrificio mortuorio, ni tampoco alabar ingenuamente las viejas aristocracias que aún deambulan por Europa. Sin embargo, el contraste de las dos instantáneas me hizo reflexionar y echar en falta la pátina de inmortalidad que aún se atisba en ciertos valores eternos. En fin, unos tanto y otros tampoco. Unos rebajan la Cámara alta y otros se rebajan para soportar una corona que siempre pesa demasiado.

 

Pero, no se alarmen, pues, finalmente, desperté de la traicionera candidez que a veces me asalta y recordé las palabras del filósofo Javier Gomá, bien conocedor de los recodos de la ejemplaridad pública:

Tenemos que prescindir de la beatería de la política. No podemos esperar que los políticos sean ángeles. Lincoln, ideal de político decente, compraba votos. Mientras la esencia de la economía es obtener el máximo beneficio, la de la política es conseguir el poder, y mantenerlo. ¿Cómo podemos civilizar la política o la empresa? ¿Confiando en que sus responsables sean una especie de entes seráficos o más bien imaginando una ciudadanía ilustrada que exija del empresario y del político determinados comportamientos?[2]

Así pues, la pelota vuelve a estar en nuestro tejado, señores. Feijóo, Sánchez, Isabel II…, cada uno cumple su papel, ¿cumplimos nosotros con el nuestro? Buenas noches y, una vez más, sapere aude!

 

[1] https://www.eldiario.es/desalambre/acuerdo-reino-unido-ruanda-deportacion-solicitantes-asilo_1_9086569.html

[2] https://www.abc.es/cultura/cultural/abci-javier-goma-ejemplaridad-debe-ideal-dignidad-no-aparato-linchamiento-201902100205_noticia.html#:~:text=Tenemos%20que%20prescindir%20de%20la,conseguir%20el%20poder%2C%20y%20mantenerlo.

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