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La representación infinita. La cumbre de la OTAN más allá de los flashes

Diseño sin título (9)

Madrid se ha vestido de gala para recibir a los grandes mandarines de esta nuestra gran civilización. No han faltado los despliegues de seguridad, los operativos y medidas de todo tipo para asegurar la paz en una cumbre cuyo centro primordial, paradójicamente, no era otro sino la guerra. Bienvenidos al eterno, fáustico y fantasioso mundo del trampantojo y la representatividad. Bienvenidos al mundo de las banderas y el protocolo, de las miradas y los saludos, los recibimientos y los códigos de conducta escritos y no escritos. Discursos, encuentros y ¡flashes, más flashes!

Madrid centro de todas las miradas, Palacio Real iluminado y embalsamado para la ocasión. Líderes de todas las naciones. Más de 5.000 asistentes. Agencias de comunicación de todas las partes del globo. Mensajes que proyectan ideas que representan proyectos que dicen más de lo que son y son más de lo que dicen.

España ha estado a la altura de los acontecimientos, ha demostrado que, muy lejos de lo que algunos parecen querer, no somos una nación de segunda y somos capaces de acoger a los líderes mundiales en un entorno no sólo seguro, sino también cálido y deslumbrante. Si algo tiene España es ser buena anfitriona, hospitalaria y acogedora. Trato afable y cercano, detallista y abierta. La cumbre de la OTAN de 2022 ha sido todo un despliegue de medios, equipos y, sobre todo, de símbolos y gestos.

 

A la sombra de Velázquez

El ejemplo más perfecto y sublime de lo que acabo de apuntar lo hallamos en la fotografía que acompaña a este breve artículo de los principales jefes de gobierno de los miembros de la OTAN fotografiándose sonrientes junto a las Meninas de Velázquez. Cuando lo vi no pude caer en mi asombro. ¡Qué majestuosa genialidad!, es la instantánea más perfecta y representativa de lo que aconteció en Madrid los días 28 y 29 de junio. Más aún, si me permiten, creo que es la estampa perfecta de los tiempos que nos tocan vivir. Me pareció casi un juego del destino, una metáfora viviente y circulante. No sé si Velázquez estará sonriendo allá donde se encuentre, de lo que no tengo ninguna duda es que Michel Foucault debe estar regocijándose en una sonora y merecida carcajada. La OTAN de 2022 fue una loa a la episteme de la representación e incluso creo que apunta un poco más allá de lo que las pinceladas refinadas de un pintor de cámara sin parangón revelaron de su época.

Lo que vemos en la imagen, así como en la maravillosa obra de Velázquez, es un representador representado en medio de la representación. Este juego de espejos lleva a más de un quebradero de cabeza y no es de extrañar. Cada uno de los individuos fotografiados aquella velada majestuosa, no es sino un representante de otros y la estampa lo recoge en medio de su acto de representación. Cada mirada aquella noche, cada paseo por la pinacoteca, cada escapada, abrazo, color y sonrisa, todo al juego de la representación. Representar que se representa. La espontaneidad calculada y fotografiada. Quizá debiéramos preguntarnos hasta qué punto tal representación es sincera y obligada o fingida y dudosa. Cabría preguntarse cuán unida se encuentra esta organización de defensa. Quizá llegue el momento de hacer ciertas preguntas en lo que a la imagen de frente común quisieran representar y hasta qué punto no son los intereses individuales (más de unos que de otros) los que acaban primando. Porque, mientras los líderes fueron representados en esta fotografía, no dejaron de representar, como vengo diciendo, lo fundamental aquí es que se representa una representación.

Pero, como no puede ser de otra forma, todo es fruto de un pequeño engaño del que se quiere hacer cómplice al espectador. Efectivamente, la fotografía proyecta una espontaneidad ausente, pero también el cuadro de Velázquez nos engaña. Allí aparece el pintor en una pequeña pausa mientras está retratando a los Reyes, sin embargo, no hay pausa para el pintor que se está pintando retratando a los Reyes, sólo que a ese pintor no lo vemos. Está al otro lado del marco. Lo cual no quiere decir que no esté ahí.

 

Sin las luces del pintor

Si seguimos nuestra indagación en el cuadro de Velázquez y en la fotografía de la cumbre veremos cuán retorcida se ha vuelto esta modernidad y quizá la clave por la cual algunos se han atrevido a bautizarla con el nombre de posmodernidad. Si observamos y analizamos con calma ambas representaciones, veremos cuál es la diferencia fundamental sobre la que habría de basarse cualquier análisis que pretenda indagar sobre nuestro tiempo.

Hay dos elementos esenciales en el cuadro del pintor sevillano, dos elementos que no debieran pasar desapercibidos y que dan algunas de las claves definitivas de la que ha sido pontificada como su obra maestra: por un lado, tenemos el espejo del fondo que refleja lo que en teoría sería la verdadera representación, a los Reyes que Velázquez está retratando. De otra parte, a su lado, podemos observar a un hombre que sale o que entra y la puerta entreabierta por la que se conduce. A su vez, esos dos elementos son los que introducen la luz en la habitación y permiten hacer visible lo invisible. Son dos fugas de realidad que se entrometen en este trampantojo en el que nos vemos imbuidos. Son dos salvaguardias del mundo real, dos ayudas definitivas para no naufragar en el majestuoso y bellísimo mundo del arte y el disimulo.

Sin embargo, nada nos salvará de la fotografía de la cumbre. Es más, no solamente no tenemos espejos ni puertas entreabiertas que den paso a un mínimo fulgor de realidad, sino que los representantes en su representación no están representando ni siquiera ante quienes dicen representar, como es el caso de Velázquez, sino que se exhiben ante otros representadores de la realidad como son en este caso los fotógrafos y periodistas. No hay punto de fuga en esta fotografía asfixiante. No hay amparo en la psicodélica ‘postmodernidad’. No hay anclaje en la realidad de la liquidez fortuita que se escapa siempre un poco más, siempre un poco más. Posamos junto al cuadro que aún tiene un pie puesto en el mundo real fingiendo que nos pertenece cuando ya no es propio, cuando ya no es nuestro.

 

Un macabro juego de luces y sombras

Con todo, no es cierto, al final el trampantojo no puede evitar reírse en la cara del espectador y mostrarse en su ridícula verdad de ser una gran farsa. Por más que lo intentemos (y miren que lo intentamos) no podemos escabullirnos de la realidad en el juego de representaciones que se representan representando. Es imposible escapar a los fulgores de un mundo nada halagüeño que siempre acaba haciendo acto de presencia, aunque intentemos ocultarlo, aunque procuremos asfixiarlo entre símbolos que cada vez simbolizan menos y ocultan más.

La realidad se escucha en forma de bombardeos en Ucrania, la realidad se palpa en los bolsillos de quienes ya no pueden abastecerse, se siente en las vallas que retienen los cadáveres de los muertos de hambre, la realidad se sufre en un día a día cada vez más miserable. Pero aquella noche en el Museo del Prado la realidad no estaba ni se la esperaba. No la busquen en esta fotografía. No hay ni un ápice de realidad.

Los organizadores reales de esta representación, para los que se les ha preparado este trampantojo, la ciudadanía, no estaba presente aquella noche y seguramente se deba a que ni siquiera se representaba para ella. Este baile no se convocó en nombre de sus penas y penurias. Fue una presentación al mundo, a Rusia, a las cámaras, a los ¡flashes, más flashes! Cuando los líderes del mundo se reúnen a reorganizar el orden mundial muchas veces se dejan fuera ese pequeño detalle casi significante que es la realidad y sus inconvenientes.

 

La representación prohibida

Supongo que comprenderán el grado de asombro que me produjo vislumbrar esta fotografía entre otras tantas instantáneas que se han sacado de este encuentro entre mandarines. Hace más de trecientos años, Velázquez quiso romper la distancia que separa al representador del representado, ese desequilibrio que le prohibía retratarse junto a los Reyes por ser un mero pintor de cámara y lo logró de la manera más bella y brillante posible. En 2022, el desequilibrio se vuelve a apuntalar, pues al representado, no lo olvidemos, el ciudadano de a pie cuyos gobernantes prometen representar, le está terminantemente prohibido fotografiarse en el Museo del Prado. Una prohibición que quedó suspendida durante la noche del 29 de junio para los insignes líderes mundiales. Sin embargo, yo doy gracias a esta perversa desobediencia que trajo consigo la cumbre de la OTAN y que nos obsequió generosamente con lo que desde luego será la fotografía del momento presente, la representación representada lejos del alcance de la realidad. ¡Lástima que no esté Foucault entre nosotros para analizarla! Sea como fuere, disfruten del trampantojo. Buenas noches.

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