Llaman al timbre, ojalá sea Kafka. Una reflexión sobre los nuevos «héroes de la democracia»

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Necesitamos volver al tedio “democrático”

Guarden sus capas, señores, no queremos héroes. Si algo caracteriza a la democracia es su eterno anonadamiento, el extenso aburrimiento de lo previsible, de lo ordenado, de la burocracia infinita en la que todo está predispuesto, contemplado, sabido y resabido. El régimen de lo previsto. Ya nuestro viejo y sombrío Kafka nos avisó desesperado de que la modernidad trae ese claustrofóbico sucederse de pasillos y pasajes donde los funcionarios nos acribillan a papeles, formularios, reglas y leyes dictadas por la experiencia y el tiempo. ¡Maldita burocracia! ¡Bendita burocracia!

Precisamente en virtud de esa previsibilidad garantista que nos permite evitar este mundo cargado de incertidumbre de una manera más o menos controlada, guarden sus capas, señores, no nos hacen falta. Ya lo decía el primer ministro británico, amado y odiado a partes iguales, Winston Churchill: la virtud de la democracia es que es el único sistema político en el que, cuando suena el timbre a las seis de la madrugada, uno puede estar seguro de que es el lechero. Y a los que ya estamos hastiados de este esperpento mediatizado nos gustaría que así siguiera siendo.

 

Salen los héroes de sus guaridas

En estos días vemos en muchas partes del mundo como unos y otros llenan sus alforjas de épica artificial y se acercan vehementes a salvar quién sabe qué de quién sabe quién. Se dicen «héroes» y «salvadores» en un mundo en el que la epopeya queda encuadrada en los trámites administrativos de oficinas públicas y las crónicas chirrían con tina añeja de pasquín.

No, muy señores míos, ya no requerimos de heroísmos ni épica, estamos en el mundo de la modernidad, del pacto y del acuerdo, de la tranquilidad capitalista que urge la revolución desde redes sociales perfectamente controladas por el sistema. Uno de los términos fundamentales de este estado de cosas que hemos creído que es el más razonable para seguir reproduciendo un individualismo boyante que nos mantenga entretenidos a la espera de la visita de la parca es precisamente el de la igualdad y es la igualdad la que está por encima incluso de las urnas (pues es su conditio sine qua non), es la igualdad el primer principio democrático, igualdad no en todo, por supuesto, pero sí en los principios fundamentales.

Si por algo se distingue la «democracia» es por la absolución o la supuesta absolución de todas las prerrogativas caciquiles, por pasar por la guillotina al Antiguo Régimen, por escupir sobre los privilegios de origen, de raza, de lengua, de toda índole. Si por algo se distingue lo que hemos convenido en llamar «democracia» es porque está conformada por ciudadanos y no héroes. El sistema democrático dice adiós a los privilegios e inaugura los derechos, deberes y libertades. Y no hay mayor privilegio que considerar que el propio horizonte axiológico, la escala de valores con la que uno ordena su vida, es la que debiera regir para el común de los mortales, no sólo es mejor que la que profesa mi vecino, algo totalmente entendible y legítimo, sino que es la que a él debiera aplicársele. Es este conjunto de valores y normas privadas las que deben llevar mis allegados, mis colegas, mis conciudadanos. Pero, ¿qué podemos decir de aquel que llevado por este pensamiento (un pensamiento totalmente racional y humano) se cree en disposición de seguirlo a pies juntillas e instaurar su ética al conjunto? Nada bueno, se lo aseguro.

No necesitamos togas que nos defiendan de futuribles antidemocráticos, queremos togas que ejerzan sus funciones y cumplan los reglamentos, no queremos partidarios de uno u otro dirigente político (mesiánico) que en cualquier parte del mundo tomen sus armas (teléfonos inteligentes con conexión a Internet) y se dirijan a las instituciones para revertir un supuesto fraude electoral sin pruebas ni fundamento. No necesitamos líderes mediáticos ni políticos que agiten a la población con alarmas antifascistas, comunistas o extremistas. No queremos salvadores de patrias, no necesitamos veneradores de lo sacro.

Si jugamos a las reglas del sistema democrático[1] lo único que precisamos es que cada uno cumpla su papel, se limite a un aburrido rol perfectamente establecido sin mayores miramientos, sin mayor afán de protagonismo, que se limite a hacer lo que debe hacer. Y precisamente esa es la labor del héroe. Aquiles no fue a la batalla para ganar seguidores en Twitter, ni siquiera lo hizo por el bien de la humanidad ni de su patria, lo hizo porque era lo que debía hacer, lo que los dioses tenían preparado para él.

Creo que no soy la única que echa en falta al funcionario silencioso, el papeleo insufrible, los formularios indescifrables. Políticos que pasan desapercibidos y cumplen su labor de servidores públicos. Ciudadanos que pagan sus impuestos y cumplen con las leyes. Creo que no soy la única que se halla sorprendida de empezar a añorar el mundo de Kafka pues el que nos aguarda entre vítores y alharacas es mucho más tenebroso, mucho más inseguro y, como suele ocurrir con estas cosas, siempre acaba atizando al más vulnerable, aquel que necesita la cada vez más frágil red de seguridad y certeza que ofrecen las instituciones.

Por favor, dejen sus capas, el ridículo empieza a ser insoportable, el fraude se hace notar en cada rincón. Por favor, guarden sus capas y guarden silencio, creo que llaman a la puerta y doy gracias de que a estas horas sólo puede ser el lechero[2].

 

[1] Es posible, todo sea dicho de paso, salirse de los parámetros que marcan las democracias modernas, soy la primera que está dispuesta a discutir cada uno de sus fundamentos y que no se esconde a la hora de poner en cuestión sus principios fundamentales, pero en tal caso aquellos que diciendo defenderla acaban contradiciendo sus axiomas esenciales debieran admitir que sus propósitos quedan más allá de los lindes democráticos y en ese caso podríamos hablar con cierto fulgor de verdad, pero que no disfracen sus posibles buenas intenciones debajo de un supuesto heroísmo democrático porque el bochorno entonces acaba adquiriendo unas dimensiones inconmensurables.

[2] Siendo del todo sincera con ustedes, era el repartidor de Amazon. Los tiempos también cambian en la aburrida ciudadela democrática.

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