¿Nos queda la palabra? Una reflexión sobre la libertad de expresión y pensamiento

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Blanco roto

¿Cómo decir cuando no puedes? ¿Cómo hablar cuando no debes? ¿Cómo si acaso murmurar cuando te lo prohíben?

Cuando a uno se lo despoja de toda posibilidad para alzar su voz y decir basta, cuando uno ya no tiene medios para denunciar lo que cree injusto, desproporcionado, brutal. Cuando uno busca y busca la manera de hacer estallar su voz, cuando la represión y la censura se ciernen sobre un pensamiento palpitante y no dan tregua, y no dejan, y no puedes, prohibido, prohibido, prohibido. ¿Qué hacer entonces?, ¿cómo encuentra cobijo aquel que tiene la imperiosa necesidad de hacer público lo que padece en privado en un sigilo?

Marshall McLuhan nos dio la respuesta: el medio es el mensaje. China y Rusia nos han dado el escenario: protestas en la que los manifestantes, asediados por la censura, alzan folios en blanco. Ahí está todo lo que les dejan decir. No hay palabras precisamente porque hay demasiado que expresar, los límites del folio no son suficientes para una riada de frases, discursos, proposiciones encadenadas que saldrían de sus bocas si pudiesen, si les dejaran. La nada es el vehículo más apropiado para el todo, lo desmesurado cabe en una hoja en blanco, en una pequeña porción de papel sin nada escrito.

Cuando vi estas imágenes me impresionaron, me encantan los simbolismos y recovecos del lenguaje, las paradojas y contradicciones, soy quizá demasiado hegeliana, pero, sobre todo, me gusta la reflexión henchida de coraje que da un paso al frente para ensordecer desde el silencio y silenciar desde el ruido furibundo del mutismo. Y estos pensamientos me llevaron a un fragmento de una conferencia que dio el filósofo esloveno Slavoj Žižek en la que contaba un pequeño chiste que, como todo chiste de Žižek, poco tiene de gracioso y mucho de sortilegio para el pensamiento:

 

Contaba, pues, la historia de un hombre que vivía bajo la sospecha de las autoridades de la Unión Soviética que creían en su posible disidencia y, ante la duda, consideraron que lo mejor era enviarlo a Siberia. Antes de partir, comunica a las personas más cercanas que mantendrá correspondencia periódicamente con ellas. Ahora bien, siendo lo más probable que las autoridades que lo mantenían en aquel lugar revisarían y, en su caso, manipularían sus escritos si contaba fielmente lo que allí estuviera sucediendo, ideó un código para evitar confusiones: todo lo que fuera escrito en tinta azul serían embustes y mentiras de lo que allí ocurría, la tinta roja estaría reservada para la narración verdadera de su vida siberiana.

Después de unas semanas llegaron las primeras cartas en las que se sucedían suculentos banquetes con el vodka como protagonista, sesiones de cine, nuevas amistades, paisajes de ensueño. Todo ello escrito en una preocupante, a la par que nada sorpresiva, tinta azul. No fue hasta la tercera carta que la posdata reveló un hecho fundamental. Tras un relato semejante a las dos anteriores, la carta termina con esta sentencia: “Por cierto, aquí no venden tinta roja”.

Parece que la URSS no fue lo suficientemente roja, agregaría yo.

 

Tinta seca

Es muy cómodo y confortable mirar a China, Rusia u otros lugares con otros sistemas y maneras de entender la política desde la calidez de la democrática Europa. Es un lujo contemplar a estos ciudadanos que dan un paso al frente sintiéndose inmune a los despropósitos de la censura y el silencio. Es un lujo que seguramente no hayamos de permitirnos, es un lujo que puede salirnos muy caro. No vengo a este pequeño espacio del pensamiento a poner en una balanza regímenes comunistas con sistemas liberales más o menos perfectos, autarquías con democracias, autoritarismos con pluralismos. Las etiquetas a estas horas de la noche son difíciles de digerir y las comparaciones ramplonas que una servidora pueda hacer indoctas y simples.

Me conformo en la medida de mis posibilidades en cavilar y compartir con ustedes estas derivas meditabundas. Emilio Lledó hablaba largo y tendido sobre la libertad de expresión, un tema que le preocupó quizá más durante sus últimos años de vida ante la hiper-abundancia de información y espectáculo que nos rodea. En su opinión, había algo más importante que la libertad de expresión y es la libertad de pensamiento.

Pensemos, pues, pensemos porque no hace falta llegar a días sin tinta para alzar un papel en blanco, pensemos, pues, porque quizá se nos estén acotando los términos, las ideas, la sensibilidad de un dolor que sigue latiendo cada vez más hondo, pensemos porque quizá se nos esté agotando la tinta, pensemos porque quizá dentro de poco la inflación nos impida adquirirla, pensemos, porque, quién sabe, a lo mejor quieran dejar de comercializar tinta roja. Pensemos a toda costa, pensemos incluso sobre el blanco de un folio. Salgamos del calor acomodaticio y pongamos el cerebro a funcionar. La tecnología nos inunda y abruma y quizá no recordemos que, de no emplearla, la tinta se seca. Diarios de sesiones recortados, artículos eliminados por delicadezas hipersensibles, el variopinto arte de los titulares de prensa, el llamativo efecto de los focos, la agonía de lo políticamente correcto, la universidad asfixiada de espacios seguros para inseguridades ofendidas, cerrojos, bloqueos, cercos, asedios, barreras… De nosotros depende que sigan fluyendo ríos de tinta. Ahora más si cabe, sapere aude!

 

P.D.: por cierto, aquí no venden folios en blanco.

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