Que no dejen de arder

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Arden, arden los velos en Irán, avisen a todo aquel en cuyo corazón aún atisbe un mínimo de dignidad, un hálito de libertad y justicia. Arden, arden los velos en Irán, las mujeres se han alzado, no es momento de preguntas, corran, corran, ¡propáguenlo! Sus cabellos son cortados en señal de protesta. Ni una más, ni una menos. Arden, arden los velos en Irán, avisen a todo aquel desesperanzado que busca motivos para seguir dudando, para seguir andando. Ellas que inundan las calles, que recuerdan a Amini, asesinada brutalmente por la ignominiosa Policía Moral. Cada velo quemado es una esperanza encontrada, cada mujer en la calle es la promesa de otras muchas. Nos arrebataron ferozmente a otra joven que volvía de visitar a su familia con algunos de sus mechones libres y su vestimenta holgada. Golpeada hasta que su organismo no pudo soportarlo y dijo “basta”. Demacrada, insultada, humillada por aquellos salvajes cumplidores de leyes que normalizan y sistematizan la podredumbre y la masacre.

Arden velos, el humo se esparce por Irán y yo me alegro, me alegro enardecida y sonrío. La admiración recorre mis venas, mis poros se abren pensando en el coraje de esas mujeres y también de los hombres que las acompañan. Hay golpes, hay muertos, hay bullicio y confusión. Resisten. La policía sale depredadora a la búsqueda de sus víctimas que se arrancan sus velos y caminan con determinación. Resisten. Ella ha muerto y algo ha nacido. La presión que oprime el pecho, cuerpos que se niegan a seguir siendo paseados bajo la humillación y el desprecio, personas, vidas, mujeres. Mujeres que poco a poco pueden soñar, mujeres que se levantan de entre las cenizas que dejan los velos quemados y sonríen desafiantes ante los perros de caza que la oscuridad ha ordenado perseguirlas. Resisten.

… ¿Resistimos?

Arden los velos y con ellos la vergüenza de Europa, una Europa que reviste esa tela con palabras biensonantes, con imágenes cargadas de claridad y brillo. Una Europa hipócrita que no sabe cuán tenebroso es vivir bajo el peso de un velo. Una Europa que publicita, promociona la tela del oprobio y la infamia, una Europa que confunde la tolerancia con la injusticia, la libertad con la opresión. Una Europa que debiera dejar de hacer sonar la Novena Sinfonía para postrarse de rodillas ante estas mujeres y disculparse, disculparse cargada de vergüenza por pretender perpetuar su tormento y disfrazarlo de normalidad y civismo. Quizá, sólo quizá, un pequeño número de mujeres quisieran libremente, sin coacción, vivir sus vidas cubiertas por un velo, es posible. Sin embargo, basta con que una sola mujer sea obligada a hacerlo por la fuerza para que el velo deba ser prohibido. Del mismo modo que es preferible un hombre culpable en la calle que un inocente en la cárcel, no podemos permitir que una sola mujer malviva esclava de los designios de costumbres perversas y despiadadas. Y Europa está siendo la carcelera de muchas mujeres.

Pero volvamos a Irán porque en estos días arden los velos, avisen a todo el mundo, arden los velos. Que sean las voces de estas valientes las que se escuchen por encima de los discursos de unos y otros, por encima de la Novena y sus sinsabores, que sean sus historias las que figuren en primer plano, que sea su causa la causa de todos. Por favor, ya ocurrió en Afganistán no hace mucho, no las abandonemos, que estos actos no sean un titular más entre otros tantos, tres días de periódicos y telediarios, años de tristeza y sumisión. Por favor, no sigamos perpetuando el olvido de las afganas que hoy lloran bajo golpes y burkas. Por favor, arden los velos en Irán, díganselo a todo el mundo, que ardan, que ardan, que ardan, hagamos lo posible para que no dejen de arder.

 

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